ENSAYOS SOBRE LA PROTECCIÓN SOCIAL (fragmentos)
Liberalismo e igualitarismo
Las consideraciones acerca de la equidad están sesgadas por las
apreciaciones subjetivas o los juicios de valor del ponente. En
este trabajo nos ocuparemos de analizar las ideas-fuerza de los
dos enfoques más extremos en relación a la teoría del
bienestar, para, a partir de ellos, descubrir el marco idóneo
que nos encamine hacia un escenario más ponderado, equilibrado y
viable de intervención socioeconómica.
Intentaremos dilucidar cómo, en sus rasgos más estructurales,
el liberalismo y el igualitarismo más extremo comparten
fundamentos muy similares (ambos consideran que la curva de
utilidad es la misma para todos los ciudadanos,
independientemente de otro tipo de características objetivas o
subjetivas es una línea horizontal recta).
Comencemos por el liberalismo, para lo cual hemos seleccionado un
ilustre representante de la escuela de Chicago: Milton Friedman.
Para este autor, el principio ético que guía la distribución
de la renta en una sociedad de libre mercado sería el de «a
cada uno, según lo que él y los instrumentos que él posee
produce». Esta noción, que participa de los criterios de
justicia distributiva basados en la dotación de los factores (y
la formación de precios de mercado), no reconocería otra
distribución de la renta que no fuese la «natural» en el juego
de interrelaciones de los actores económicos, más allá de las
diferencias de partida en los horizontes vitales de los
individuos. Dicha máxima parte de la base de que los seres
humanos vienen al mundo siendo desiguales y de que el hombre no
es quién para cambiar los designios de la providencia (o la
realidad de las cosas):
«Gran parte del fervor moral que hay tras el impulso en pro de
la igualdad de resultados, proviene de la difundida creencia de
que no es equitativo que ciertos niños tengan una gran ventaja
sobre otros sencillamente porque sus progenitores eran más
ricos. Desde luego, no es equitativo. Sea como sea, la falta de
equidad puede adoptar muchas formas: herencia de los bienes
-títulos y acciones, casas y fábricas- o herencia del talento
-capacidad musical, fuerza, genio matemático-. La herencia de
los bienes se puede interferir más fácilmente que la del
talento. Pero desde un punto de vista ético, ¿hay alguna
diferencia entre ambas?».
M. y R. Friedman
(Resulta tentador comparar este pensamiento con el de los
calvinistas y puritanos estudiados por Max Weber en La ética
protestante, los cuales atribuían su riqueza y su éxito
económico y social al «mérito», al trabajo, a la frugalidad y
al designio de la providencia. El «mérito» sería medible en
unidades de talento. Por lo tanto, los pobres lo serían por
demérito propio -o de sus padres- y por decisión divina, con lo
cual sería a Dios, no a los hombres, a quien se le habría de
pedir responsabilidades.)
El hombre, según esta doctrina, no debería alterar el
funcionamiento «natural» y espontáneo de la realidad, puesto
que al hacerlo estaría perturbando el mecanismo de los precios
que regula la maquinaria de la acumulación, y los incentivos que
dan fuelle a la creatividad humana. Por otro lado, las
concepciones igualitaristas (o equitativas) no serían más que
la constatación del carácter egoísta y envidioso de la
naturaleza humana:
«En toda sociedad, por organizada que esté, la distribución de
la renta siempre produce descontento. A todos nos cuesta trabajo
entender por qué cobramos menos que otros que no parecen estar
más preparados (...) Los campos más lejanos siempre parecen
más verdes, y con esta visión criticamos al sistema
establecido. En un sistema basado en las órdenes, la envidia y
la insatisfacción apuntan a los gobernantes. En un sistema de
mercado libre, apuntan al mercado».
M. y R. Friedman
A partir de esta argumentación se colige que el cuestionamiento
del statu quo no haría más que minar las bases del bienestar
general, partiendo del supuesto de que es mediante el incremento
de la riqueza nacional como se incrementa la felicidad general,
no a través del reparto de los factores o de la renta que
generan los bienes económicos. El igualitarismo y la equidad se
oponen, pues, tanto a la libertad, a la realidad de las cosas,
como a la eficiencia.
Partiendo de esta premisa, M. Friedman llega a conclusiones
paradójicas, e incluso contradictorias con el ideal liberal.
Según él, la verdadera y genuina democracia es la que perfila
el mercado, es decir, la que nos da opción a escoger entre la
amplia gama de productos y oferentes (voto por el consumo), no
aquella que puede despojar a unos para dar a otros:
«Si formamos parte de la minoría, debemos someternos al voto de
la mayoría y esperar que llegue nuestro turno. Cuando votamos
cada día en el supermercado, conseguimos exactamente lo que
hemos votado, y lo mismo ocurre con todas las demás personas. La
urna de las votaciones da lugar a un sometimiento sin unanimidad;
el supermercado, por el contrario, a una unanimidad sin
sometimiento. Por esta razón es importante utilizar las urnas,
en tanto sea posible [el subrayado es nuestro], sólo para las
decisiones en que el sometimiento es esencial».
M. y R. Friedman
La democracia de mercado se fundamenta en la solidez de un
sistema instituido que da opciones a sus «votantes», si bien no
hace nada por alterar tal sistema (pues éste viene dado por el
reparto de rentas y patrimonios). La democracia de los pobres, de
las masas, sin embargo, puede ser perturbadora porque en ella los
menos dotados pueden votar políticas de realineamiento de cargas
y derechos económicos y sociales que altere el statu quo
instituido de forma «natural»:
«En cierto modo, hay una diferencia inconmensurable entre dos
tipos de asistencia a través del estado que a primera vista
pueden parecer similares: primero, el 90 por ciento de nosotros
[el subrayado es nuestro] aceptamos gravarnos a nosotros mismos
con impuestos a fin de ayudar al 10 por ciento restante; segundo,
el 80 por ciento vota para gravar al 10 por ciento más
próspero, a fin de ayudar al 10 por ciento restante (...) El
primer tipo puede ser acertado o no serlo, puede ser un modo
eficaz o ineficaz de ayudar a los que están en situación
desventajosa, pero es coherente con la creencia en la igualdad de
oportunidades y en la libertad. El segundo tipo contempla la
igualdad de resultados y es totalmente antitético respecto de la
libertad».
M. y R. Friedman
La noción liberal -representada por M. Friedman- de democracia
formal y de igualdad de oportunidades son dignas de análisis: la
primera, como vemos, es reticente a poner en manos del pueblo los
instrumentos que le permitan cambiar el sistema instituido, y
más bien se aproxima a la noción decimonónica liberal de
democracia censitaria; la segunda acude al tópico de atribuir al
liberalismo y a la economía de mercado la noción de
«promoción» a través del mérito, el trabajo y la creatividad
(no de la arbitrariedad, el estamentismo o el nepotismo), lo que
supuestamente dotaría de incentivos a los individuos para
ascender por la escala social. Es decir, la igualdad de
oportunidades que propugna, al contrario de lo que afirma,
pasaría a ser igualdad de resultados a partir del mérito, y la
igualdad de resultados que denosta, no sería más que una
igualdad de oportunidades desde el origen.
Expliquémosnos: M. Friedman interpreta la igualdad de
oportunidades de una manera sesgada pues presupone que todo el
mundo puede saltar el muro que separa la pobreza de la riqueza si
dispone de -o puede construirse- una escalera. Es esa
«oportunidad» de poder saltar el muro lo que él interpreta
como igualdad de oportunidades. Pero en puridad, es la
posibilidad de disponer o no de una escalera lo que cabría
llamar así, y sería el acto de saltar el muro lo que habríamos
de llamar igualdad de resultados. Así pues, M. Friedman incurre
aquí en un grave error lógico.
(Es cosa sabida que algunos pensadores norteamericanos se
diferencian de los europeos por su desprecio por las formas y por
su despliegue de informalidad cuando tratan de exponer sus
pensamientos esenciales. Milton Friedman es, en este sentido, un
ejemplo paradigmático: especialmente por lo que se refiere al
método de la reductio ad absurdum, que en ocasiones raya en la
chabacanería y el mal gusto. Por otro lado, incurre en sofismas
intelectuales al recoger como axiomas ciertas ideas simplistas
que son difícilmente sostenibles bajo una análisis riguroso y
desapasionado. Su axiología descansa en presupuestos morales
herederos del protoliberalismo puritano y censitario, que para
destacar las virtudes del patriciado americano no desdeña acudir
a parábolas y analogías denigratorias hacia los plebeyos que
-implícitamente- «merecen su postración». Haciendo una
extrapolación histórica, Milton Friedman sería el Cicerón
norteamericano moderno que suspira por las viejas virtudes
perdidas de la supuesta Edad Dorada republicana descrita por
Alexis de Tocqueville en la primera mitad del siglo XIX.)
A la vista de lo expuesto hasta el momento, queda clara la
noción que M. Friedman tiene de la libertad: libertad para que
el rico disfrute de sus riquezas, y para que el pobre se anime a
emularlo y, si acaso, aspire a niveles semejantes de prosperidad.
Pero esta noción de libertad parte del supuesto de que el
mercado ha de asignar espontáneamente los recursos, sin
interferencias exteriores. Así pues, el papel del Estado sería
el mínimo que perfilaba Locke (82) con el aditamento de algunas
otras funciones que implícitamente le añadía Adam Smith (el
llamado «cuarto supuesto», más allá de sus funciones
represoras, judiciales y prestadoras de bienes indivisibles, que
incluiría cierta forma de caridad pública). Pero no nos
engañemos, ésta no sería una debilidad en el paradigma
liberal, sino una mera concesión a la eficiencia del sistema
(obras públicas), así como a la gracia y la caridad del
patricio responsable (beneficencia pública).
Milton Friedman va un poco más allá que Adam Smith, pues,
según él, el sistema económico y social no puede tolerar
situaciones extremas de pobreza por motivos tanto éticos como
estéticos, de ahí que le sea dado instituir sistemas de reparto
de la renta de cara a aliviar situaciones desesperadas, no de
alterar la distribución factorial de la renta y de la riqueza.
Estas medidas se fundamentarían en un impuesto -lineal- negativo
de la renta (que más adelante estudiaremos con mayor detalle),
en un fomento de la caridad y la asistencia privada, y en una
liberación de la sociedad civil del corsé del Estado
(regulaciones, controles, impuestos, etc.), para maximizar la
riqueza y, por lo tanto, el bienestar global.
Las medidas redistributivas con carácter de impuesto negativo
sobre la renta tendrían forma monetaria y serían excluyentes
con otras medidas en especie (especialmente educación y sanidad)
provistas por el Estado sin contraprestación económica. El
Estado se desentendería del uso que los beneficiarios hicieran
de esos recursos (incluso a costa del bienestar de sus hijos o
cónyuges) para no conculcar la libertad humana (del patriarca).
(Es conocida la renuencia liberal a conceder bienes en especie
con un efecto-renta; el liberalismo dogmático prefiere
políticas en efectivo -tipo cheque-escolar, bonos de comida o
subsidios pagaderos para atención sanitaria- para que el
beneficiario, en último término, sea responsable de sus propios
quehaceres: cualquier otra medida sería considerada paternalista
y por lo tanto totalitaria.)
Este modelo social, a grandes rasgos, es el vigente en los
Estados Unidos, donde existen multitud de programas -en efectivo-
y de medidas de beneficencia -de instituciones públicas o
privadas- con carácter contingente, es decir, no sometidas a
imperativos vinculantes por parte de sus promotores. Este sistema
de provisión de beneficios conculca, si no la libertad, sí la
dignidad de las personas, y tiene un alto costo en forma de
dependencia (pues al tener carácter monetario, su sustitutivo en
forma de trabajo tendría un alto efecto-sustitución -que
actuaría desincentivando el trabajo frente a los subsidios
pagaderos en efectivo- para los beneficiarios).
Así pues, la doctrina ultraliberal de M. Friedman recela de
aquellas medidas implementadas por parte del Estado que no sean
la pura y simple caridad en aras de la socorrida apelación a la
libertad (que, como hemos visto, no se extiende claramente a la
libertad política -de voto- en las urnas cuando ésta puede
privilegiar el voto de los pobres) y a la autonomía de la
sociedad civil, en parte, por prejuicios de tipo ideológico y,
en parte, por presunciones de tipo económico: fundamentalmente,
su escepticismo ante el concepto de demanda agregada keynesiana,
que según Friedman no sería tal, pues «el Estado recoge con la
mano derecha cien dólares prestados de unas personas y entrega
el dinero con la mano izquierda a las personas a quienes va a
parar el gasto. El dinero está en manos diferentes, pero la
cantidad total de dinero no ha variado».
Su doctrina la expresaría en una declaración de derechos
autodenegante plasmada en la Constitución, que establecería no
lo que el Estado puede hacer, sino lo que no debe hacer en aras
de la libertad y del respeto a los principios fundamentales de la
economía de mercado.
Abordamos a continuación el estudio de la «alternativa»
igualitaria. Comencemos por entender el significado del término
«socialismo» (como paradigma del «igualitarismo», del mismo
modo que el «capitalismo» lo sería del «liberalismo») según
lo argumentado por M. Dobb:
«Algunos razonamientos modernos sobre el socialismo tienen la
tendencia a desplazar el centro de la discusión lejos de la
cuestión de la propiedad hacia la de la igualdad social. Sin
embargo, un tratamiento de la esencia de la economía socialista
que no se basara en la propiedad social de los medios de
producción representaría un rompimiento definitivo con la
tradición del pensamiento socialista, tal como fue heredado del
siglo pasado y de como ha inspirado los intentos por construir
una sociedad característica en el siglo actual».
M. Dobb
Así pues, sólo cabe una interpretación del socialismo, y
cualquier otra dejaría de representarlo:
«El socialismo es un sistema de propiedad comunal (o social) de
los medios de producción, establecido con el propósito de hacer
(o conservar) la distribución del ingreso, la riqueza, la
oportunidad y el poder económico lo más igualitaria posible».
Carl Landauer
Pero más allá de tal declaración de intenciones nos asaltan
las dudas: presuponiendo la existencia de una propiedad colectiva
de los medios de producción, ¿ésta pertenecerá al Estado o a
grupos cooperativos de trabajadores o consumidores?; la propiedad
colectiva descentralizada ¿tiene carácter permanente o temporal
(usufructuaria)?; y más allá el sistema ¿funcionará de forma
planificada (burocrática) o descentralizada (cooperativa)?. Es
bien sabido que ni Marx ni Engels (al menos el primero) hicieron
mucho por aclarar estas cuestiones, pues se limitaron a
diseccionar el sistema realmente vigente en sus días sin
especular cómo habría de ser su recambio (socialista) futuro.
(Así, no entraron en detalles sobre cómo habría de
configurarse el sistema político alternativo, o el reparto de la
renta: ¿habría de ser igualitario, o bien discriminante en
función de las horas de trabajo-hombre debidamente ponderadas
por el valor-trabajo asignado a cada ocupación, ya sea por
causas objetivas -desutilidad de cada trabajo o nivel de
cualificación profesional- o por la dinámica del mercado?, ¿o
en cambio una sociedad colectivista y planificada no presupone un
igualitarismo en las rentas y las prerrogativas, al instituir
unos privilegios destinados a las «vanguardias» o a las élites
socialmente privilegidas?).
No es nuestra intención profundizar en las carencias del
análisis igualitarista por lo que se refiere a las lagunas que
dejó (de ello pretendieron encargarse otros teóricos de segunda
o tercera generación, tales como K. Kautski, Lenin, N. Bujarin,
G. Lukacs, A. Gramsci, K. Korsch, O. Lange, etc.), especialmente
en el ámbito de lo económico (productivo) y de lo político
(naturaleza del Estado, concepto de la representación de la
soberanía popular, interpretación de «democracia», etc.) Más
bien nos centraremos en analizar la interpretación igualitarista
por lo que se refiere al reparto factorial de la renta y las
oportunidades.
Ya hemos visto que Maurice Dobb interpreta al socialismo desde su
enfoque economicista (o infraestructural), y relativiza la
interpretación igualitarista. Pero no todos los teóricos tienen
la misma visión. Por ejemplo, Oskar Lange (en Sobre la teoría
económica del socialismo) cree posible optimizar la
distribución de los ingresos de tal manera que se maximice el
bienestar social, y con el fin de compatibilizar este objetivo
con el de la eficiencia económica describe un mecanismo de
«tanteo» y de valoración (en definitiva, de precios) que,
según él, se aproximaría al que viene dado por el mercado.
Sin embargo, esta maximización del bienestar social (que iría
acompañada de un mecanismo de regulación espontánea de precios
a través de un mercado socialista, no exento de planificación
ni de dirigismo) se fundamentaría en la existencia de una única
curva de utilidad marginal, igual para todos, por lo cual la
distribución del ingreso vendría dada más por el reparto entre
ingreso y ocio que por el reparto de renta en efectivo. Según
esta visión la igualdad en la distribución de la renta
conllevaría inexorablemente la maximización del bienestar
social, pues atendería en primer lugar a las necesidades más
urgentes y sólo subsidiariamente a las menos perentorias (los
lujos).
Asimismo, la democracia económica (libre elección de los
consumidores, o democracia de mercado tal como la entendía M.
Friedman) estaría más garantizada con una distribución de la
renta más igualitaria, pues la elección del consumidor sería
más libre, al estar despojada de la escasez factorial y la
desigualdad en los horizontes vitales. Así pues, el
igualitarismo presupone que la libertad la otorga graciosamente
la igualdad, desdeñando interpretaciones que apelan a las
diferentes curvas de utilidad marginal de los individuos, ya que
todos los individuos serían, según esta interpretación, en
esencia iguales, con parecidas necesidades:
«La distribución tiene que ser tal que un mismo precio de
demanda ofrecido por diferentes consumidores represente una misma
urgencia en sus necesidades. Esto se consigue si la utilidad
marginal de la renta es idéntica para todos los consumidores».
Oskar Lange
Ello, en la práctica, supone que hay necesidades de primer y
segundo orden de urgencia (que el organismo de planificación
central ha de dictaminar), y que los individuos no pueden aspirar
a aquellos objetivos que superen tal orden de prioridades,
primero, porque al no existir libertad de mercado ello no es -en
la práctica- posible, y porque, tal vez, socialmente no fuese
deseable (por ejemplo, los individuos que den mayor rango de
utilidad a la riqueza individual -al acaparamiento- y a la
distinción sobre los demás, se verían inevitablemente
constreñidos ante un sistema que limite los stocks de riqueza en
manos de los particulares).
Por mucho que se quiera minimizar el talante totalitario,
arbitrario o paternalista de interpretaciones colectivistas,
igualitaristas o planificadoras, no cabe ignorar la visión
gregaria que conlleva una interpretación de sociedad-masa frente
a la del individuo-soberano:
«El socialismo, sin embargo, si es que va a significar algo en
términos de relaciones y psicología humanas, debe, es de
suponer, implicar el reemplazo de las motivaciones puramente
individualistas y la modificación (si no la subordinación), en
cierto grado, de las acciones e intereses individuales por
influencia del grupo. Por lo tanto, alguna fusión de los
intereses e incentivos individuales y colectivos deberá con toda
seguridad esperarse; y el nivel más adecuado para que esta
fusión tenga lugar parece ser el de las unidades productivas o
el del grupo de trabajo».
Maurice Dobb
Es esta interpretación gregaria, implícita en la lectura
igualitarista (misma curva de utilidad marginal) del adagio
marxista «de cada cual según su capacidad, a cada cual según
sus necesidades» (que se puede encontrar en su obra Crítica al
programa de Gotha), la que se ha demostrado fracasada en los
países del Este de Europa y en otras partes del mundo. Sin
embargo, cabe hacer otra interpretación de esta frase más
acorde con la autonomía y la libertad humana, una vez que el
enfoque «sociedad-masa» ha entrado en descrédito. Ésta sería
la de interpretar el principio «de cada cual..., a cada
cual...» desde el punto de vista agregado, es decir, aquel que
partiendo de la riqueza global otorga un valor-coste cero a
ciertos bienes económicos y sociales de los que se dota un país
para repartirlos equitativamente entre los ciudadanos en función
de sus necesidades.
Éste sería el principio de la llamada Economía del Bienestar,
que evolucionó a partir de interpretaciones sincréticas
(socialdemócratas o liberales heterodoxas) y que cuajó en forma
del Estado-providencia de hoy en día. Tal como afirma M. Dobb:
«Puede, por cierto, decirse que la economía del bienestar, o
por lo menos "la nueva economía del bienestar" se ha
convertido en una ideología».
Nosotros diríamos que esta nueva doctrina, poco a poco, ha ido
suplantando las bases teóricas del igualitarismo socialista al
privar de argumentos a sus discípulos por lo que se refiere a la
pretendida tendencia innata del capitalismo al estado
estacionario (es decir, a su propia autodestrucción), al agotar
supuestamente las opciones atractivas de inversión, aumentar las
desigualdades extremas y la miseria, y al exacerbar sus
desequilibrios estructurales (ciclos, concentración de la renta
y la riqueza, disminución tendencial de la tasa de ganancia...)
Un poco más adelante nos ocuparemos de analizar qué ha sido de
estas expectativas desde principios de la década de 1970.
Aquí acabamos el análisis por separado de la doctrina liberal y
la igualitarista. Aparentemente, la primera primaría la libertad
sobre la igualdad, y la segunda haría lo opuesto. Pero, ¿son
ambas tan opuestas como pretenden ser? Reflexionemos sobre este
asunto:
1) Ambas doctrinas tienen su raíz (en su forma más depurada) en
el siglo XIX.
2) Ambas parten de la existencia de una única curva de utilidad
marginal y rechazan la existencia de valoraciones diferentes de
la última unidad de renta de cada individuo (en el caso del
liberalismo se expresaría en la Teoría de la Imposición
Óptima, o sea, en sistemas impositivos lineales; en el caso del
socialismo, en su forma más prototípica, en la distribución de
ingresos parecidos para parecidos esfuerzos medidos en horas de
trabajo).
3) Ambas desconfían del derecho ilimitado a la libertad de
decisión política de los individuos -marginales o
periféricos-, pues ello supuestamente pondría en peligro la
pervivencia del sistema (en el caso del liberalismo, una
democracia que permita a los pobres expropiar a los ricos es tan
indeseable como para, en el caso del igualitarismo, una sociedad
autónoma es peligrosa para los objetivos últimos del sistema).
4) Ambas condenan al individuo a ser un juguete en manos de un
objetivo superior, ya sea el mercado en el caso del liberalismo,
ya sea la sociedad-masa en el caso del igualitarismo.
(Es evidente que ni el liberalismo ni el igualitarismo, en sus
concepciones más extremas o en las híbridas -ni en la teoría
ni en la práctica- han logrado resultados satisfactorios que
avalen su eficiencia. La ausencia de teorías alternativas ha
sometido al mercado actual de las ideas a un estado de permanente
confrontación -en forma de círculo vicioso sometido a la «ley
del péndulo»- que periódicamente tiende a sacralizar o
anatemizar el «corpus teórico» de los referidos idearios y sus
aplicaciones prácticas, partiendo siempre de una misma
encrucijada de caminos con destinos dispares que desembocan en un
mismo y único callejón sin salida. Nuestra posición al
respecto se inclinaría por profundizar en ideas alternativas, no
rehuyendo sino superando dicha batalla dialéctica, partiendo del
supuesto, no sin fundamento, de que un insuficiente y errático
desarrollo del pensamiento económico ha impedido resultados más
satisfactorios.)
Así pues, la teoría del Estado Social de Derecho sería la
síntesis de los aspectos subscribibles y positivos de las dos
interpretaciones extremas diseccionadas aquí. Más adelante
analizaremos las fallas del modelo social que configura: el
llamado Estado del Bienestar.
¿Qué ha fallado en la «Teoría
del Bienestar»?
Los presupuestos axiológicos y teóricos sesgan hacia un lado u
otro el análisis sobre el llamado Estado del Bienestar (y, en
general, sobre la distribución de la renta). No obstante, si de
algo ha adolecido el planteamiento -existente en el mercado de
las ideas- referido a esta materia es de un cierto estrabismo
intelectual, puesto que a duras penas se han realizado análisis
integrados de la realidad, sino más bien sectoriales. Es decir,
si de algo ha pecado el análisis sociológico, político y
económico sobre los problemas distributivos, es de cortedad de
miras.
Se echan a faltar estudios que incardinen los aspectos
económicos, sociales y políticos en una unidad integrada, pues
la evidencia empírica ha demostrado que la realidad constituye
un todo interrelacionado en el que la aplicación de medidas
social o moralmente favorables en sí puede tener repercusiones
inesperadas -negativas- que relativicen su utilidad o su
oportunidad (este razonamiento fundamenta la supuesta dialéctica
entre los principios de solidaridad y responsabilidad).
(Dicho esto, tampoco se puede obviar toda la carga ideológica y
sofística que hay detrás de supuestos análisis
«desapasionados» sobre los vicios y defectos del Estado del
Bienestar, que encubren fuertes intereses económicos y de
poder.)
Comenzaremos repasando la sintomatología de la crisis que
supuestamente ha dado inicio al enconado debate sobre el Estado
del Bienestar que colea desde hace varios lustros. Para ello nos
serviremos de las pautas que aporta Ramesh Mishra en su
antológica obra The Welfare State in crisis (la Sociedad del
Bienestar en crisis). Los supuestos síntomas de esta crisis
serían:
1) La pervivencia de un cuadro de estanflación (estancamiento
con inflación), en el cual el Estado Social es visto como una
barrera al crecimiento.
2) El fin del pleno empleo y la existencia de un desempleo a gran
escala.
3) La crisis fiscal del Estado, con un resultado en forma de
déficit público autosostenido (los recursos fiscales no son
suficientes para atender las necesidades sociales que son
resultado de la crisis y de la demografía: desempleo y
envejecimiento, básicamente).
4) La declinación de los recursos disponibles para atender a las
necesidades sociales y el consecuente recorte de servicios.
5) La pérdida de confianza en la pervivencia del sistema de
protección social y de economía mixta. Las medidas
macroeconómicas de corte keynesiano han perdido respetabili-dad.
Una vez que se acepta (como un hecho dado incuestionable, es
decir, como un axioma) este diagnóstico, cabe preguntarse qué
ha sido del modelo Keynes-Beveridge puesto en marcha tras la
segunda guerra mundial, especialmente en Inglaterra (bajo su
forma de prestación gratuita y universal de servicios sociales)
y en otros países (representados por el modelo norteamericano,
prestador de rentas en metálico mediante programas específicos,
y por el modelo austro-sueco, que incluye tanto prestaciones en
metálico como en especie, y que ha primado relaciones de
integración -corporativismo- social y participación de los
trabajadores en el sistema).
La perspectiva histórica, tras los primeros síntomas de la
llamada crisis del Estado del Bienestar a principios de los
setenta, apunta, en justicia, a que aquel modelo de protección
social está condicionado por su rigidez, así como por la
naturaleza «sensible» de sus efectos: el Estado Social genera
unos derechos adquiridos que no se pueden recortar a corto plazo
sin una fuerte oposición social. A pesar de ello, al menos en
Inglaterra (durante la hegemonía conservadora), los gastos de
protección social no variaron sustancialmente, mientras que la
progresiva aplicación de medidas desreguladoras (en el ámbito
económico, administrativo, sindical y fiscal) por un lado
favorecen niveles más elevados de empleo (y de precariedad), y
por otro los intereses y las expectativas de los más ricos (este
análisis, a otra escala -mayor- es también aplicable a los
Estados Unidos).
Consiguientemente, en los medios liberales no cesan los
requerimientos en favor del «Estado mínimo» (sujeto sólo a
las necesidades básicas de orden público, defensa, justicia y
obras y servicios públicos elementales), con la pretensión de
saltar desde políticas macroeconómicas que atienden a la
demanda agregada a aquellas que favorecen y estimulan la oferta
(economía de oferta) o que restringen el consumo improductivo y
la inflación (políticas monetaristas).
En el plano social, la misma corriente de opinión aboga por un
abandono público de los servicios en especie y, en menor medida,
su atención a aspectos de corte caritativo -o benefactor-, con
prestaciones en metálico (cheque escolar, vales de comida,
remuneración en metálico de la atención sanitaria, impuesto
negativo de la renta...) Esta visión «compasiva» se compagina
con un talante «voluntarista», es decir, no coaccionador, de la
atención social: el ciudadano contributivo no se ve forzado,
imperativamente, a colaborar en la atención de los más pobres
y, en su caso, se le dan facilidades (mediante bonificaciones
fiscales) para atender de forma voluntaria a sus inquietudes
sociales. Así es como numerosas fundaciones norteamericanas no
son más que trusts disfrazados de utilidad pública.
(Qué duda cabe que este afán filantrópico favorece, por activa
-mediante su papel de evasión y dispersión fiscal de rentas- y
por pasiva -en sus servicios- fundamentalmen-te a las clases
adineradas, al orientarse hacia objetivos minoritarios y
elitistas: arte, alta cultura, universidades privadas, becas de
investigación, etc. Más allá de ahí nos encontramos con una
caridad acalladora de conciencias y salvadora de almas piadosas,
tan querida por puritanos acaudalados y magnánimos.)
En definitiva, esta ola neoliberal representa una ruptura del
compromiso tácito que a mediados del siglo XX llevó, por fin,
la paz al atribulado continente europeo. Ello sería trasunto de
una pérdida de conciencia social solidaria, de un retorno al
individualismo egoísta, disfrazado de una poco convincente
apelación a la eficiencia y a la responsabilidad:
«El mismo individualismo atomístico impide a la Nueva Derecha
reconocer el problema de la "justicia social". Si la
sociedad es vista como la simple existencia de individuos,
participando en el juego del mercado de acuerdo con las reglas
corrientes y ejerciendo sus oportunidades en el marco del
mercado, para bien o para mal, entonces ¿dónde está el
problema de la "justicia social"? Éste desaparece».
Ramesh Mishra
La pérdida del imperativo moral y social hace retornar el
discurso desde «el todo vale más que la suma de las partes»
hasta el argumento de la «suma cero» (es decir, lo que unos
ganan, otros lo pierden). Otra forma de expresar este
razonamiento es enfocar la estrategia desde el «reparto de la
tarta» hasta el engrandecimiento de las porciones a repartir,
pero no mediante el reparto, sino gracias al crecimiento del
pastel. La reivindicación de la eficiencia frente a la equidad
descansa en el siguiente aserto: el bienestar social pasa a
través del aumento global de la riqueza, no de la corrección de
las desigualdades, puesto que, supuestamente, el aumento de la
riqueza social ya por sí sola, de forma espontánea,
autorregulada y factorial, mejoraría objetivamente las
condiciones de vida de los más pobres, sin necesidad de
intervención exterior del Estado.
Si la nueva derecha pareció estar arrinconada y latente en los
tiempos del auge del keynesianismo y del Estado del Bienestar, la
nueva izquierda estaba más activa que nunca: aparecieron nuevos
análisis del neocapitalismo (Ernest Mandel), del neoimperialismo
(Samir Amin), de la neoalienación (Herbert Marcuse) y del nuevo
estado estacionario (corregido por el derroche improductivo
-publicitario, armamentístico y financiero-, según Paul Baran y
Paul M. Sweezy). Para los neomarxistas la realidad neocapitalista
era ambivalente: por un lado suponía una mejora objetiva en las
condiciones de vida de los trabajadores centrales de los países
avanzados, y por otro era una medida «cosmética» de cara a dar
legitimidad al sistema.
Pero, con el resurgimiento de la nueva derecha, el análisis
neomarxista pasó a adoptar el papel de la última trinchera:
ante las concesiones de los socialdemócratas, aquel pasaría a
ser el muro de contención frente a la desregulación y el
desmantelamiento del Estado Social. Entre los neomarxistas
aparecieron nuevos análisis, como el de la llamada crisis fiscal
del Estado de James O'Connor (tendencia que experimentan los
gastos gubernamentales a crecer más rápidamente que los
ingresos) que, pese a su lucidez, poco hicieron para aportar
rigor científico y coherencia lógica al entramado jurídico,
político y económico que conforma el Estado Social de Derecho.
(Partimos de la base de que las aportaciones socialdemócratas
son aun más escasas, y que, en todo caso, éstas se caracterizan
por tener carácter inmediato, práctico, disperso y oportunista,
al consistir en medidas ad hoc de creación de nuevas
prestaciones sociales al socaire de los oportunismos -políticos-
coyunturales.)
Es decir, frente a la acometida neoconservadora, no ha existido
una réplica coherente y sólida de carácter teórico que ponga
orden en el caótico entramado de la protección social. Más
bien se ha aplicado la política del «parcheo» y, como veremos
un poco más adelante, de evasión de las propias
responsabilidades mediante supuestas búsquedas de consensos, lo
que no es más que una manera de compartir con otros la
impopularidad de las medidas que se pretenden aplicar. No ha
habido una visión global, holística, que integre la esfera de
lo económico, de lo político y de lo social en una unidad. Una
vez que el keynesianismo (y, por extensión, las políticas de
demanda) se ha demostrado insuficiente y extemporáneo (no se ha
renovado al paso de las nuevas realidades) es necesario buscar
nuevos puntos de referencia teórica.
Al principio de este punto nos referíamos a los síntomas de la
crisis del keynesianis-mo. Ahora (sin ánimos de exhaustividad)
nos ocuparemos de identificar algunas de las causas que habrían
generado tales disfunciones:
1) Las reglas del mercado económico se han asentado también en
el ámbito de lo político: los profesionales de la política
venden su «producto», en forma de promesas, al mejor postor.
Tales promesas, cómo no, tienen un coste económico que a duras
penas se corresponde con el coste político de contraerlas o con
las posibilidades reales del país:
«El mercado comercial se caracteriza por la búsqueda individual
del interés propio. Es improbable que esto origine demandas
irresistibles, superiores a lo que la economía pueda
proporcionar. Los individuos están sujetos en su vida a
restricciones presupuestarias; no pueden gastar más de lo que
puedan ganar o pedir prestado.
El mercado político se caracteriza por la búsqueda del interés
propio de los grandes grupos, donde no existen tales
restricciones presupuestarias individuales. Los electores pueden
exigir con gran facilidad mayores trozos del pastel sin llegar a
ningún acuerdo con los que se suponen que tendrían trozos más
pequeños. Los costes de las prestaciones, tanto si están
cubiertos por los impuestos como si lo están por la inflación,
no tienen que corresponder necesariamente a los grupos que se
benefician de ellas. En cada caso particular (...) existe un
fuerte incentivo para que el grupo de interés presione tanto
como le sea posible para que se satisfagan sus demandas, sin
tener en cuenta ninguna disciplina sobre la suma total de las
demandas de todos los grupos de interés».
Samuel Brittan
2) Esta cita nos sitúa ante dos evidencias: la existencia de
intereses sectoriales (lobbies) que acechan y rodean
permanentemente a los círculos de poder, y la rebelión fiscal
de los más perjudicados por el sistema vigente, que generalmente
suelen situarse fuera de las élites dominantes, entre las clases
medias. Estos son los sostenedores de los intereses creados de
las minorías.
3) La presión por parte de los grupos de interés en busca de
concesiones en forma de medidas sociales o sectoriales tiene una
fuerte repercusión sobre las arcas del Estado. El acceso y la
apelación a la deuda y al déficit sistemático, como hemos
insistido reiteradamente, así como el recurso a la inflación,
son unos mecanismos de provisión de fondos que repercuten muy
negativamente sobre las propensiones al ahorro y al consumo.
4) Sin embargo, al contrario de lo que se piensa habitualmente,
el Estado social no ha paliado las desigualdades sociales, sino
que, o bien las ha mantenido, o las ha acentuado gracias al
recurso de los más ricos al fraude y a la evasión fiscal. Más
bien lo que se observa es una redistribución de rentas desde las
clases medias, sin posibilidad de escape fiscal, a las más
pobres (en forma de subsidios) y a los más ricos (en forma de
subsidios a la producción y a la contratación, bonificaciones,
ayudas sectoriales, etc.). Ello, cómo no, coadyuva tanto a la
rebelión fiscal de la que hemos hablado como al fin de la
consciencia solidaria:
«Pero el bienestar social (...) no estaba redistribuyendo
recursos desde los ricos a los pobres. Más bien, fue un sistema
de redistribución horizontal que supuso transferencias
intraclases más bien que inter-clases. En términos absolutos,
el sistema impositivo fue escasamente progresivo mientras que la
universalidad de los servicios sociales significaban que ellos
beneficiaban del mismo modo a pobres y ricos».
R. Mishra
Esta situación de facto, además de suponer un fraude social
(pues está muy alejada del principio de progresividad y de
capacidad de pago que sustenta la teoría fiscal y hacendística
más extendida, y aun más del principio de igualación de
derechos y oportunidades que nosotros propugnamos) acentúa el
resentimiento intraclases (de los que pagan hacia los que no
pagan) y confunde el verdadero origen del problema, que es la
falta de responsabilidad y la impunidad de los sectores más
acaudalados con respecto a los demás: ello se traduce, una vez
más, en un favorecimiento de actitudes insolidarias y en el voto
a las alternativas políticas de carácter conservador (que
propugnan el Estado mínimo, despojado de responsabilidades
sociales).
5) Dentro de los ámbitos administrativos y de poder se ha creado
una conciencia de casta, con derechos especiales y con
responsabilidades poco claras. La burocratización, la
funcionarialización, el establecimiento de categorías, las
jerarquías, el corporativismo, la dejación o reparto gregario
de responsabilidades, etc., son los aspectos negativos que se
contraponen a las indudables ventajas del código
napoleónico-weberiano de la función pública. Pero más allá
de la responsabilidad «funcionarial», cabe hablar de la
responsabilidad «política», que no se corresponde con los
criterios de economicidad y «riesgo y quiebra» aplicables en el
sector privado. Ello incide en el derroche y la ineficiencia (o
en la simple corrupción) que ha arruinado buena parte de la
credibilidad del sector público.
6) Pero también entre los beneficiarios de los bienes y
servicios públicos cabe encontrar vicios y disfunciones, pues
está demostrado que en demasiadas ocasiones ciertas medidas de
compensación de rentas o de carácter subsidiador desincentivan
la inserción en el mundo laboral o el ahorro en el uso de los
bienes y servicios públicos. Aquí son aplicables los principios
de azar moral y selección adversa de los que nos ocuparemos con
más detalle en la tercera sección.
7) Entre numerosos autores existe el convencimiento de que la
consolidación de unas estructuras gregarias o corporativas (con
carácter democrático, en oposición al corporativismo fascista)
ha venido a complicar el estado financiero global, al oponer los
intereses de los sectores corporativos (ciertamente amplios, al
representar a los llamados «agentes sociales»: trabajadores con
empleo estable, gran patronal y Gobierno) frente a los sectores
no representados o defendidos por tales poderes gregarios (los
desocupados, la economía periférica, marginal y, en general,
competitiva). Así pues, la llamada «negociación colectiva»
sería un reparto de rentas y prebendas a espaldas de los
sectores «periféricos» o «pasivos», tales como parados, amas
de casa, trabajadores eventuales, jóvenes, etc.
(Es oportuno señalar que existe otra interpretación más
«positiva» del fenómeno corporativo, al identificarlo con el
modelo austro-nórdico del bienestar, de carácter
integracionista y negociador, frente al modelo conflictivista
convencional de los sindicatos de clase o sectoriales.)
Como suele suceder, la verdad general participa de las distintas
verdades y voluntades parciales. Se suele afirmar que el modelo
del Estado asistencial está en bancarrota, desacreditado, y que
ni siquiera tiene perspectivas de viabilidad futura. Tal
interpretación (neoconservadora) le atribuye el cuadro de
estancamiento con inflación (más controlada, a costa de menos
consumo y más estancamiento). Sin embargo, ¿cuál es su
alternativa? La evidencia parece apuntar a una sociedad
desvertebrada, profundamente incierta e injusta, con situaciones
de enquistamiento y retroalimentación de las situaciones de
pobreza y riqueza, segregadora y represora en lo social y en lo
policial. Ello podría tener un alto coste en materia de paz
social.
(A veces se afirma que la globalización de los mercados y la
emergencia de nuevos países industriales nos aboca a ello. Pero
cabe preguntarse si será a costa de volver a la esfera del
«vivir para trabajar», cuando parecía que habíamos llegado a
un nivel que nos permitía «trabajar para vivir».)
La realidad parece indicar que el pudor y la sensibilidad que
históricamente (a partir de la segunda mitad del siglo XX) se
había alcanzado en materia de exhibición y ostentación de la
riqueza y el boato se ha perdido en beneficio de un renovado
chabacanismo grosero (cultura de la ostentación). Ello puede ser
un signo distintivo de los nuevos tiempos, cuya lectura negativa
vendría a reafirmar que se ha perdido lo que tanto tiempo costó
construir: el imperativo moral y solidario que distingue a las
sociedades humanistas y civilizadas de los estados de barbarie y
de luchas fraticidas.
Tal vez una vía de reencuentro con ese espíritu solidario en
decadencia sería la de buscar renovadas (y remozadas) certezas,
en forma de un catálogo sólido y coherente de ideas que
sustituyan a las hoy en día en crisis:
«Tras un largo interludio en el cual el modelo Keynes-Beveridge
(...) parecía adecuado para el capitalismo del bienestar, parece
haber llegado el tiempo una vez más para bucear en el mercado de
las ideas y de las instituciones».
R. Mishra
Síntesis histórica
Podemos preguntarnos cuál ha sido el proceso histórico de
desarrollo del modelo de protección social. Como todo ente de
carácter social (y por tanto histórico), tiene orígenes teóricos
y un desarrollo temporal enraizado en bases nacionales
diferenciadas, en función de contextos y premisas específicos.
Los equilibrios sobre los que se apoyan los diferentes regímenes
de protección social (categorías de intervención o modelos de
financiación) son producto de procesos complejos, adaptados a
situaciones diversificadas. Con este ánimo hemos de imbuirnos en
la problemática de la Seguridad Social, y más todavía, en el
estudio comparativo de los diferentes países donde ésta tiene
carta de presencia.
Los orígenes
El Estado protector (o el Estado del Bienestar, según su acepción
más conocida) no es fruto de la voluntad benefactora de tal o
cual filántropo. Es el último eslabón de un largo proceso histórico,
en el cual se fue gestando y desarrollando el embrión de lo que
posteriormente serían los diferentes sistemas de la moderna
Seguridad Social. La intrusión de los poderes públicos en
cuestiones «asistenciales» no es en absoluto reciente. Sólo
cabe recordar las distribuciones de cereales (llamadas
frumentationes) en la antigua Roma, en época de escasez (no
obviemos, por otro lado, la motivación ideológica o política
de tales prácticas); durante la Edad Media ciertas
instituciones, como algunos hospitales, fueron creadas con
intención benéfica (el pensamiento de Juan Luis Vives
-1492-1540-, y más concretamente su tratado De subventione
pauperum sive de humanis necessitativus, aboga por la intervención
social en favor de los necesitados, idea que apunta a un derecho
subjetivo a las prestaciones sociales). No olvidemos tampoco el
rico legado de las cofradías, o de las mutualidades que, en
materia de salud o funeraria, arrancan de la época romana y se
consolidan en la Edad Media y Moderna (ligadas en la mayor parte
de los casos a prácticas y organizaciones de tipo gremial o
corporativo).
Como en tantas otras cosas, la Revolución Francesa también fue
precursora en este aspecto:
«En el tránsito del siglo XVIII al XIX la concepción del
Estado como mero guardián de las libertades y las propiedades de
sus miembros, elaborada por los pensadores de la Ilustración, de
Locke (1633-1704) a Montesquieu y Burke, da paso a una concepción,
que arranca si acaso de Robespierre (1758-1794) y de Babeuf
(1760-1797), según la cual dar instrucción a todos los
ciudadanos y socorro a los que no están en condiciones de
trabajar constituyen también funciones esenciales del Estado.
Con el triunfo de esta última concepción se suministra una base
ideológica al Estado protector».
Alfonso Barrada
Posteriormente a la fallida «revolución de los iguales» de
Babeuf (durante la revolución francesa), se hace coincidir con
el establecimiento, por Bismarck, de los primeros seguros
sociales obligatorios (en la década de los ochenta del siglo
XIX), la asunción por parte del Estado (en su acepción más genérica)
de las funciones de protección social. Fueron teóricos del
calibre de John Maynard Keynes y Hermann Heller los que
introdujeron un fundamento teórico a la función asistencial del
Estado capitalista (a éstos hemos de añadir los nombres de Lord
Beveridge, A. Pigou, y otros). Después de la crisis mundial de
los años treinta de este siglo (y del famoso New Deal
rooselvetiano), y pasado el trago amargo de la Segunda Guerra
Mundial, se establecieron en Europa los cimientos de la actuación
asistencial del Estado. Y fue a partir del último tercio del
siglo XX cuando los gastos sociales de las AA.PP. de los países
más avanzados han llegado a predominar sobre el resto del gasto
público. Es decir, es en los últimos decenios del siglo XX
cuando el «Estado protector» ha llegado a consolidarse como un
fenómeno arraigado en Europa.
Vayamos por partes. Más allá de la justificación teórica de
la intervención social hemos de resaltar dos grandes hitos en la
puesta a punto de los modernos sistemas de Seguridad Social: su
institucionalización formal en Estados Unidos y el desarrollo
del llamado Informe Beveridge.
El término Seguridad Social nace en Estados Unidos, con la
aplicación de la Social Security Act en agosto de 1935. Pero más
allá de su significación terminológica, supuso un enorme
avance el pasar del restringido concepto «seguro social» (tal
como era entendido en el entorno germánico del momento) al vasto
objetivo de la «seguridad social». La noción de protección
social que el término «Seguridad Social» implica (cobertura, a
favor de cualquier ciudadano, de todos los estados de necesidad
objetiva, independientemente de su edad o condición social) es
una idea tan ambiciosa «que las restricciones impuestas luego
por su coste descomunal han hecho que la seguridad social sea al
mismo tiempo el techo (lo que se quiere) y el suelo (lo que se
puede) de la protección social o, lo que es igual, un mito y un
dato raramente coincidentes» (Dictamen y Asesoría, S.L.
Lecciones de Seguridad Social. Akal, Madrid, 1996. Pág. 15.).
Este avance del concepto «seguro social» al de «seguridad
social» implica todo un cambio de filosofía:
«La primera consideración que estas observaciones sobre el
significado de las palabras sugiere es que, mientras locuciones
como "asistencia pública" y "seguro social",
usadas para designar determinados ordenamientos, se refieren al
instrumento a través del cual los propios ordenamientos se
proponen alcanzar sus fines sociales, la locución
"seguridad social", también usada para designar un
tipo de ordenamiento, se refiere a la finalidad que intenta
conseguir este tipo de ordenamiento. Esta nueva, distinta postura
tiene un significado que trasciende la mera cuestión terminológica:
se mantiene para indicar un cambio de dirección, en virtud del
cual un plan de acción social se escribe en función de su
finalidad y no en función de un determinado instrumento».
Augusto Venturi
La filosofía que inspira esta concepción de Seguridad Social
(en oposición al concepto tradicional de «seguro social», de
base actuarial y profesionalista o corporativa), la podríamos
resumir en una idea: el paso de una concepción negativa a otra
positiva de los derechos del hombre; desde aquella que previene
contra toda acción que perturbe la manera de vivir, actuar o
poseer del hombre (J. Locke o A. Smith), a aquella «pretensión
esencialmente positiva de que la sociedad garantice al individuo
los bienes considerados fundamentales para una vida liberada de
la engorrosa necesidad» (Augusto Venturi).
Sin embargo, tal como hemos señalado un poco más arriba, una
formulación filosófica (o mera declaración de intenciones) es
papel mojado si no se aplican los medios necesarios para su
puesta en práctica. De aquí la importancia del llamado Informe
Beveridge. Éste tiene como base el encargo que hizo, en 1941, el
gobierno británico a una comisión dirigida por William
Beveridge, a fin de reformar, planificar y unificar la política
de seguros sociales del momento (a este informe le siguió un
segundo, en 1944, destinado a promover políticas de pleno
empleo). Beveridge, en definitiva, descalifica el sistema -de raíz
germánica- de seguros sociales aislados y dispersos «para
ofrecer después una visión nueva, inspirada en la idea motriz
de liberación de la necesidad, a través de una adecuada y justa
redistribución de la renta. En esta nueva visión, el sistema no
puede reducirse a un mero conjunto de seguros sociales, sino que
junto a ellos tienen cabida la asistencia nacional, un servicio
nacional de salud, la ayuda familiar, así como manifestaciones
complementarias de seguros voluntarios».
José Almansa Pastor
Las bases de este informe las podemos resumir en los siguientes
principios: 1) unificación del aparato de seguros sociales
vigentes en su tiempo, con cotización única y gestión
centralizada; 2) universalización subjetiva de la protección,
que cubre a todos los ciudadanos y no sólo a los trabajadores;
3) generalización igualatoria, independientemente de las
circunstancias objetivas del beneficiario; y 4) financiación
tripartita entre trabajadores, empresarios y Estado. Se puede
afirmar que este sistema, en base a los citados principios, y no
el que se inició en 1935 en los Estados Unidos, es el sustrato
del moderno concepto universalista de Seguridad Social vigente aún
en el Reino Unido, en oposición al modelo contributivo de raíz
germánica vigente en España (este particular será estudiado en
un capítulo posterior).
¿Qué relación tuvo este informe con el sustrato social de
filiación obrera, sindicalista o socialista? Douglas E. Ashford,
en La aparición de los Estados del bienestar, destaca que el
propio W. Beveridge reconoce su deuda intelectual con los
fabianos ingleses. Sin embargo, en su obra Las bases de la
Seguridad Social, Beveridge extiende dicha deuda política e
intelectual:
«El seguro social no es un coto de ningún partido. Los
conservadores dieron el primer paso hacia la seguridad social en
un campo especial -el de los accidentes industriales- por medio
de la ley de indemnizaciones obreras de 1897. Los liberales
echaron los cimientos de nuestro actual sistema con las pensiones
no contributivas en 1908 y el seguro sanitario y de desocupación
de 1911. Los conservadores incluyeron en 1925 las pensiones
contributivas para la viudez y los huérfanos. Mi tarea actual me
fue encomendada por dos ministros del partido laborista».
Sir William Beveridge
(La peculiaridad del caso reside en que las bases obreras vieron
con escepticismo, en un primer momento, la aplicación de tales
medidas, que supuestamente desviaban la atención de otros
objetivos considerados prioritarios: salarios, horarios de
trabajo o la salvaguarda sin interferencias de la autonomía
obrera.)
El último acto del nacimiento del actual modelo de protección
social tuvo lugar en la conferencia de la Organización
Internacional del Trabajo, celebrada en Filadelfia en mayo de
1944. La Recomendación número 67 de sus actas abogó básicamente
por los mismos principios expuestos por sir W. Beveridge:
unificación de los sistemas de seguro social, su universalización
y la disminución de desajustes y anomalías de su desarrollo. En
1952 la OIT aprobó, con carácter normativo y vinculante, el
convenio número 102, conocido como «norma mínima en materia de
Seguridad Social».
En definitiva, la evolución de la protección social, hasta su
moderna materialización en los distintos sistemas de Seguridad
Social, sigue una línea ascendente que parte de la intervención
(caritativa) en favor de los pobres, pasa a una protección
(gremial, corporativa o profesional) de los trabajadores, y
desemboca en una protección (universal) de los ciudadanos, por
lo menos en cuanto a los servicios en especie (sanitarios,
excepto en el modelo norteamericano).
La discusión entre los principios
de solidaridad y de responsabilidad
Ciertos círculos liberales sostienen que el Estado del Bienestar
está haciendo más daño que bien al tejido social y económico
(a los incentivos para trabajar y ahorrar, al fondo de capital
que permite acumular, etc.) Básicamente se razona en términos
de eficiencia, dejando al margen criterios de equidad, pues -se
arguye- si se perjudica el tejido productivo mediante
regulaciones e interferencias externas (gastos, transferencias y
detracciones impositivas de carácter público) se laminan los
recursos que -en una economía libre- generan riqueza.
En este punto no nos limitaremos a reflexionar sobre la
justificación «economicista» de las respectivas posturas (la
que defiende la responsabilidad frente a la que antepone la
solidaridad) sino que, además, abordaremos argumentos de claro
contenido moral y político. Comencemos por la visión denominada
conservadora. Ésta, por supuesto, defiende la noción de «responsabilidad»
porque sería la que más se ajusta al principio de que cada uno
es libre de actuar como le plazca, siempre que se haga
responsable de sus actos:
«La libertad no sólo significa que el individuo tiene la
oportunidad y responsabilidad de la elección, sino también que
debe soportar las consecuencias de sus acciones y recibir
alabanzas o censuras por ellas. La libertad y la responsabilidad
son inseparables».
F.A. Hayek
Los conservadores consideran que el establecimiento de políticas
globales de protección social, lejos de asegurar la libertad y
la independencia de las personas beneficiadas (y de la sociedad
en su conjunto), las encadena a un estado de pasividad y sujeción
que, a la postre, perpetúa su situación de precariedad. Esta
dependencia se traduciría en una sutil tiranía que sofocaría
las ansias de libertad de los individuos, sobre todo la de
aquellos individuos «industriosos» que no se sienten
responsables del bienestar de los demás:
«El individuo debía perseguir su propio interés con la mínima
interferencia, de ahí que la crítica fundamental a los
programas sociales se centrara en su incidencia negativa sobre la
iniciativa individual. La dependencia de la beneficencia, se argüía,
se había convertido para algunos en un "modo de
vivir", en "la falsa economía de la parsimonia".
Se llegó a hablar de una "cultura de la pobreza", para
explicar que ésta respondía a características intrínsecas de
los pobres y no al producto acabado de unos males sociales que
podían solucionarse. El peligro de tal concepción residía,
como advirtiera una reformadora social, en la facilidad con que
se pasaba a "la acusación de que los pobres tienen la culpa
de serlo"».
F. López Castellano y J. Ortíz Molina
Los representantes más conspicuos del neoliberalismo (sería el
caso de F. A. Hayek) identifican esta intromisión del Estado en
la libre decisión del rico -por lo que respecta a su voluntad
soberana de asistir o no al pobre- con puro y simple socialismo,
obviando el hecho de que «a pesar de las intensas emociones
suscitadas por la aparición del socialismo, la adaptación del
Estado liberal a las necesidades del Estado de bienestar no tuvo
nunca nada que ver con la construcción de una sociedad utópica
ni dejó a los gobiernos al arbitrio de las sucesivas exigencias»
(D.E. Ashford). La aparición de los Estados de Bienestar ha sido
un proceso gradual, natural, fruto de los avances en la
productividad (generación de nueva riqueza), de los cambios en
las mentalidades (humanismo) y de la creación de un nuevo clima
social proclive al pacto y a la concordia social (en relación a
la cultura del conflicto). No reconocer este hecho equivale a
retrotraerse a una cultura política ya superada.
En la órbita de las justificaciones de orden económico, los
conservadores más recalcitrantes hacen más hincapié en la
esfera de la eficiencia que en la de la equidad: es decir,
anteponen el principio de azar moral (promediación de la
responsabilidad) al principio de selección adversa (promediación
del riesgo); nótese que ello equivale a anteponer la
responsabilidad a la solidaridad. A efectos prácticos, esta
pretensión equivaldría al abandono de la noción de seguro
social (que garantiza automáticamente el derecho a las
prestaciones al verificarse la contingencia prevista) en
beneficio del de asistencia (es decir, la intervención ad hoc,
discrecional, para la reparación de los daños producidos por la
contingencia, o hecho previsto). Lo que implica una minusvaloración
de la impronta ética que informa a todo el sistema de seguro
social: es decir, la que supera el concepto de beneficencia,
compasión o piedad voluntarista, y lo sustituye por la obligación
universal de la colectividad con respecto a los ciudadanos, sea
cual sea la situación subjetiva del beneficiario (en otras
palabras, la que pasa del derecho negativo al derecho positivo).
Frente a la visión catastrofista de los conservadores, que
claman contra la supuesta pérdida de referentes de libertad y
responsabilidad, otros autores progresistas alegan que no se
puede contemplar el panorama social sin tener en cuenta el marco
de posibilidades tecnológicas y económicas dado, así como los
cambios en los valores y las pautas sociales. John Hicks afirma
que esta sociedad puede (y debe) cuidar más de sus ciudadanos
sencillamente porque es más rica, y desde el momento en que la
riqueza no tiene sentido si no produce un beneficio tangible, la
sociedad no sólo tiene el derecho, sino también la obligación
de su disfrute y de su más justo reparto:
«No somos tan "ricos" como para que haya desaparecido
la necesidad de más riqueza; pero esa necesidad se ha hecho
relativamente menos urgente. En consecuencia, los problemas de la
combinación de la seguridad con la libertad, la equidad con la
responsabilidad, pasan al primer plano».
John Hicks
Por otro lado, J.K. Galbraith señala cómo la seguridad, en
lugar de ser una carga para el sistema, permite mejorar la «motivación»
de la población, disminuir deseconomías y costos sociales, y
optimizar su funcionamiento:
«(...) La creciente preocupación por la seguridad, lejos de
estar en conflicto con un aumento de la productividad, contribuía
al establecimiento de un ritmo muy acelarado de progreso. Los
aumentos más impresionantes en la producción de los Estados
Unidos y otros países occidentales han tenido lugar a partir del
momento en que los hombres comenzaron a preocuparse de la reducción
de los riesgos propios del sistema de mercado» (J.K. Galbraith).
Más allá de las justificaciones doctrinales de los
intelectuales y los estudiosos, lo que cuenta es el saldo que
deja el sistema de protección social, no sólo en lo económico
sino también en lo social. Si el sistema de protección social
resuelve o no los problemas básicos protegidos por él (salud,
seguridad económica, incertidumbre) es el dilema importante; las
disquisiciones eruditas o filosóficas son lo de menos. Por lo
pronto, en el siguiente capítulo nos centraremos en las
distintas modalidades de financiación y protección en diversos
países del entorno social y económico occidental.
¿Una etapa de transición?
Podemos atribuir una importancia capital a las transformaciones
que se están operando en el terreno de la tecnología, que han
incidido de una manera u otra en todos los sectores productivos
(aumentos de productividad), así como en cambios sociales de
consideración (mass media, educación, esparcimiento, sanidad,
cultura, movilidad, etc.) No es casualidad que en los últimos años
las sociedades avanzadas se encuentren inmersas en una crisis
estructural latente (paro estructural, estanflación, pérdida de
competitividad y mercados, inestabilidad monetaria y cambiaria,
etc.), pues ésta no sería más que el síntoma de un largo y
penoso proceso de ajuste, reestructuración y consolidación de
un nuevo modelo productivo:
«Una crisis es el punto de inflexión a partir del cual las
cosas cambian, es el punto álgido donde se llega después de una
sucesión de acontecimientos que "tocan techo": más
allá de la crisis está el cambio, la evolución, el progreso en
una dirección alternativa a la que se ha seguido» (Movibaix. «Societat
i valors», en Azimut (coordenada 1), Coordenades per al futur. Pág.
9.).
A veces los sociólogos y los economistas dibujan un escenario
simplificado de esa clase de transformaciones en clave de «progreso»,
caracterizándolo como una «tercera revolución industrial»,
que tendría su trasunto en una llamada «sociedad postindustrial».
Ésta dibujaría una sociedad caracterizada por la atenuación de
las diferencias sociales, por una fragmentación en múltiples
grupos en situación de competencia (no de incompatibilidad), y
por el desarrollo de nuevas clases medias. Entre trabajadores
proletarios (de cuello azul) y profesionales y empleados de
cuello blanco existiría un continuum sin rupturas. En
definitiva, tal sociedad habría de ser analizada en término de
estratos, no de clases.
Pero, como hemos reconocido, si bien se han producido
significativas transformaciones en la esfera productiva y social
a partir de la implantación de las nuevas tecnologías, es
dudoso hablar de «revolución postindustrial», o simplemente de
«sociedad postindustrial». ¿Por qué? Porque no hay nada que
permita demostrar que exista una discontinuidad estructural entre
las sociedades denominadas «industriales» y las «postindustriales».
Tal como afirma K. Kuman: «... No hay un cambio cualitativo, ya
que no se trata más que de la intensificación de unas
tendencias presentes ya desde hace por lo menos un siglo»,
aunque sí puede haberse producido algún cambio en el ámbito de
la conciencia subjetiva, lo que puede haber generado
discontinuidades reales «en la autoconciencia colectiva de la
forma y la sustancia de la sociedad...» (K. Kumar).
Es decir, no hay nada que invite a pensar en que estos cambios
sean el resultado de una «transformación revolucionaria» de
los modelos económicos y sociales vigentes, sino más bien al
contrario, parecen ser una acentuación de procesos regresivos de
clara componente neoliberal: «La idea post-industrial es
conservadora, no solo en un sentido político, sino también
intelectual. Los temas de su análisis proceden de algunas de las
ideas centrales de la tradición clásica» (K. Kumar). De aquí
que más que una sociedad «postindustrial» convenga hablar de
una sociedad «transindustrial», pues todavía no se ha superado
el industrialismo (entendido en clave liberal), y más bien al
contrario, se están acentuando sus componentes más retrógrados
(corporativismo, desestructuración social, alienación,
darwinismo social...)
Queda claro que nos situamos ante una «evolución», no ante una
«revolución», y que aquella, más que un paso adelante, ha
supuesto un retroceso en el plano social para millones de
personas sin acceso a los santos lugares de la «buena nueva
postindustrial». (La lógica de los ideólogos de la «revolución
postindustrial» se resumiría en lo siguiente: «Nos encontrábamos
ante el abismo; afortunadamente hemos dado un paso adelante».)
De la sociedad de la información a
la sociedad de la alienación
Según el parecer de los especialistas, el traslado de la fuerza
de trabajo desde la industria y la agricultura hasta el sector
terciario sería una de las fases de la transición hacia una
sociedad postindustrial. Si ello fuese así efectivamente, prácticamente
todos los países de capitalismo avanzado se encontrarían
inmerso en ese estado de desarrollo.
Es un hecho que históricamente se han producido trasvases de
población desde unos sectores productivos a otros. Sería el fenómeno
conocido como «las tres flechas»: una primera, la que
representaría las actividades extractivas (agricultura, minería,
pesca, ganadería, silvicultura..., o sector primario), ha
seguido una tendencia negativa -proporcionalmente- de valor añadido
y fuerza de trabajo en relación al conjunto de la economía,
cediendo protagonismo a una segunda flecha, la de las actividades
transformadoras o industriales (sector secundario), que ha
mantenido una evolución positiva, simultáneamente a la
creciente importancia del sector manufacturero.
No obstante, esta segunda flecha llegó a un punto de inflexión
hacia los inicios de la segunda mitad del siglo XX (1950 en
Estados Unidos, 1955 en Alemania y Gran Bretaña, 1965 en
Francia, 1970 en Italia). Es así cómo el sector secundario pasó
de ser un receptor de mano de obra del sector primario a
exportador neto de trabajadores, que en su mayor parte se dirigen
al sector terciario (o de servicios), cuya flecha continúa,
todavía, aunque con síntomas de estancamiento, una evolución
positiva.
Hay quien interpreta este fenómeno de manera negativa: como un síntoma
de decadencia de la actividad industrial, como una disminución
de las actividades productivas y un aumento de las actividades
asistenciales y parasitarias (y por tanto improductivas). Ello da
idea de un cierto sabor «clásico» (recordemos que estos, en
general, rechazaban el carácter productivo de los servicios),
además de una cierta estrechez de miras: se supone que el sector
terciario no es generador de riqueza (al menos en la misma medida
que los dos primeros), cuando es evidente que éste es muy dinámico,
generador neto de empleo y está menos sujeto a las coyunturas
recesivas de la industria (si bien tiene tasas más altas de
rotación y mortalidad empresarial, por su carácter
minifundista). Ello, y su falta de inserción en un mercado
abierto global, explica el mayor protagonismo inflacionario de
los servicios personales y productivos.
(Aun así, la crisis estructural que sufren las estructuras
productivas también ha salpicado al sector servicios. Éste,
considerado como un depósito de absorción de fuerza de trabajo
proveniente de otros sectores económicos, se ha visto
especialmente afectado por fenómenos de reconversión económica
y tecnológica, lo cual se ha traducido en excedentes de
plantilla y en paro tecnológico.)
Pero aquí no se agota este razonamiento. Según los teóricos,
del sector terciario se habría desgajado un subsector, que por
su importancia cualitativa podría considerarse un «cuarto
sector», el sector cuaternario, o de la información. La
definición del mismo difiere según las fuentes: mientras unos
lo reducen al estrato más cualificado de los «emisores de ideas»
(investigación, software para ordenadores, telecomunicaciones,
medios de difusión, diseño, publicidad, consulting...), otros
incluyen en él todas las actividades «difusoras de información»
(las anteriormente reseñadas más otras, como enseñanza,
trabajos de oficina, espectáculos, correos, ediciones de libros
e imprentas, museos y bibliotecas, derecho, psiquiatría, etc.)
¿En qué consistiría la idea directriz de este mensaje? En que
la clave del éxito futuro se fundamentará en poseer la mayor
cantidad de información posible; o, dicho con otras palabras, en
la cualificación que se pueda aportar al mercado de trabajo.
Pero la realidad no está tan clara: el mercado de trabajo no está
preparado todavía para absorber toda la oferta laboral
cualificada (excepto en algunos sectores de carácter técnico próximos
a las necesidades productivas y domésticas claves en nuestra
sociedad). Es evidente que, al menos a corto término, la
esperanza en el llamado «sector cuaternario» como depósito de
fuerza de trabajo ahora no ocupada está por demostrar.
Una última observación. Para los optimistas, la «sociedad de
la información» equivale a una «sociedad de hombres libres»
(fácil silogismo: si la información da criterio, y éste
libertad, la información da libertad). Pero este razonamiento es
cuanto menos dudoso: primero, porque sólo una minoría (aunque
esto sí, cada vez más mayoritaria) puede acceder a tal
información; segundo, porque esta información es
autocomplaciente (es decir, es aquella que permite moverse con
provecho y agilidad en una sociedad dada, no toda la información
posible); tercero, porque, en cambio, otras variedades de
información (es decir, otras pautas culturales), han sido
dejadas de lado (sin reparar en que éstas puedan ser quizás a
largo plazo más viables y satisfactorias); y cuarto, porque al
sumir a una parte importante de la sociedad en el ostracismo, o
en actitudes puramente imitativas, tal información pasa a ser
alienación: esta información no es personal, sino integradora,
acrítica y homogeneizadora (y colateralmente tiene consecuencias
desestructuradoras, al desvertebrar antiguas pautas culturales y
sociales: familia, solidaridad, patria, compasión, humanidad...)
Del capitalismo con rostro humano
al capitalismo sin rostro
Si por un lado está en crisis un modelo productivo y de reparto
de poder y conocimientos, en evolución hacia un futuro
imprevisible, pero que no parece que se perfile en clave de «progreso
social», sino más bien de «regresión» y elitismo social y
cultural, desde el punto de vista político se está operando un
proceso colateral de socavamiento de las bases teóricas y prácticas
de la «cultura de la solidaridad».
Más allá de la componente keynesiana de la Sociedad del
Bienestar, hay otra, de tenor político, atribuible a la
socialdemocracia evolucionista. Hermann Heller (en concreto, su
opúsculo Las ideas socialistas) establece que el Estado Social
de Derecho constituiría un estadio intermedio en el proceso
superador de las condiciones de vida burguesas, mediante la
intervención directa del Estado en la transformación de las
relaciones de producción a partir de la socialización
productiva.
El Estado Social constituiría un nuevo modelo de Estado capaz de
integrar, en la unidad estatal, los antagonismos sociales sobre
la base de un compromiso de clases mediante el cual los intereses
opuestos (fundamentalmente los del trabajo y el capital), a través
de una serie de concesiones, y del papel mediador o regulador del
Estado, se pondrían de acuerdo a partir de objetivos comunes: «La
propuesta de Heller consistiría en llenar al Estado de contenido
social atribuyéndole funciones que le permitan enlazar con la
sociedad y reestablecer en su seno aquella "homogeneidad
social" rota por la lucha de clases»
Este modelo no sería sólo una mera construcción teórica. Podríamos
caracterizar cuatro condiciones básicas definitorias del
verdadero grado de consolidación del mismo: una primera,
esencial, sería la consecución del pleno empleo, gracias a una
política keynesiana y a una gestión pactista o negociada de los
conflictos laborales; una segunda, de carácter histórico, es su
papel de asistencia social, que garantiza un mínimo vital a
cualquier ciudadano, por derecho de ciudadanía (lo que
indirectamente afecta a los salarios, que han de situarse muy por
encima de este mínimo vital, de cara a desincentivar actitudes
parasitarias); una tercera precondición sería la existencia de
una serie de seguros sociales (invalidez, enfermedad, vejez,
paro, etc.); y la cuarta, la educación pública, gratuita y
universal (desde el jardín de infancia hasta la Universidad).
Este esquema ha prosperado, en los países avanzados, durante más
de un cuarto de siglo. No obstante está en horas bajas: la
socialdemocracia, su principal impulsor (aunque este término se
ha de desgajar de su acepción política, para incardinarlo en su
acepción social, por lo cual una política de talante «socialdemócrata»
puede ser perfectamente impulsada desde un amplio espectro de
preferencias políticas) ahora se limita a gestionar la crisis;
ya no se prioriza el factor social, sino la creación de empleo a
toda costa (funcionarial, precario, sumergido o a tiempo
parcial).
(No es éste el lugar adecuado para ocuparnos de las causas «eficientes»,
aducidas por sectores liberales, que habrían desacreditado las
políticas de talante socialdemócrata. Pero haremos un somero
repaso de ellas antes de continuar adelante: ralentización del
crecimiento económico y final del pleno empleo; gastos
crecientes de reestructuración del sistema productivo; explosión
de gastos sociales y, consiguientemente, de la carga fiscal; el
elevado incremento y rigidez de los salarios y la pérdida de «competitividad»
respecto a otros países con costes salariales más bajos; pérdida
del «imperativo moral del trabajo», etc.)
Así pues, la componente social y moral de este modelo se hunde:
al convertirse el bienestar de los ciudadanos en una
responsabilidad exclusiva del Estado, la solidaridad social se
hace invisible, el imperativo moral se relaja y la configuración
individuo-sociedad pasa a ser la de individuo-consumidor. Habría
sido la tendencia homogeneizadora e integradora que estaba en la
base de la filosofía del sistema de Welfare el principal
elemento disgregador que ha corroído sus cimientos: las clases
medias, insatisfechas por el funcionamiento de este sistema
(altos impuestos, indefinición de su status social en relación
al de la clase obrera...), acaban desentendiéndose del «imperativo
moral» y dejan de ser compañeros de viaje de los obreros
cualificados, aliándose con los impulsos desreguladores del
libre mercado y del capitalismo salvaje. Consiguientemente, la búsqueda
de soluciones a los problemas sociales también se individualiza:
el ciudadano medio, la clase media, ya no siente la obligación
de «socorrer» al parado o al ciudadano desvalido. En esta
situación, toda la estructura que da pie a la Sociedad del
Bienestar se desploma (el caso más avanzado de evolución hacia
este escenario es indudablemente el de los Estados Unidos)
El Estado del Bienestar llevaba en su interior el germen de su
propia autodestrucción: la homogeneización social a la larga ha
generado desestructuración, individualismo e insolidaridad. Este
sistema social puede tener éxito en lo económico (puede crear
una economía de mercado regulada por el Estado, que siente las
bases de amplios procesos de crecimiento -a su vez fuente de
desequilibrios- a causa de un consumo compulsivo y derrochador,
garantizado por una alta estabilidad social), pero hace
bancarrota en lo humano.
Esta bancarrota se materializa en la consolidación de un tejido
social fragmentado e insolidario, expresado en un término que
pretende englobar un conjunto de situaciones de marginalidad, de
exclusión, de pobreza al fin y al cabo: el concepto sociedad
dual (o «sociedad de los dos tercios»). Dual, en una sociedad
con un alto nivel tecnológico, equivale a «fragmentado», «segmentado»,
estado en el cual se producen fenómenos de paro estructural (a
menudo de carácter tecnológico) y nueva pobreza.
El esquema básico de esta sociedad sería el siguiente: un
primer sector, el más pequeño numéricamente, estaría
constituido por la clase ilustrada dominante, con puestos de
trabajo fijos y bien remunerados, así como con una alta
cualificación técnica y profesional; el segundo sector
correspondería a los trabajadores asalariados, bien
cualificados, y con trabajo fijo, que consiguen participar,
aunque sea de modo subsidiario, de una economía próspera; el
tercer sector lo conformarían los pobres clásicos y
persistentes, atrapados en el «círculo vicioso de la pobreza»,
los parados de larga duración (con o sin subsidio), los
trabajadores sumergidos, amplios sectores de jóvenes sin
trabajo, muchos pensionistas y jubilados, y un largo etcétera...
Este fenómeno sería fruto de la introducción de los nuevos
avances tecnológicos, y de la consiguiente dualización y
segmentación entre un sector económico central y otro periférico
en la economía y el trabajo (el primero estable, el segundo
eventual y precario), así como de los elevados baremos de
cualificación profesional exigidos por el sistema productivo
(que da lugar a una carrera de «competitividad por la excelencia»,
es decir, por la acumulación de títulos y acreditaciones académicas),
del trabajo eventual y precario (sin futuro, sin expectativas),
de las jubilaciones con pensiones de infrasubsistencia, etc. En
definitiva, de las «nuevas formas de pobreza».
Estas nuevas estructuras económicas y sociales estarían acompañadas
por una superestructura concomitante de valores y pautas
culturales, que se podría caracterizar por las siguientes
tendencias:
1) Integración, subordinación y alienación: sería una
sociedad que haría suyos los valores hegemónicos, sin
cuestionarlos. La competencia, en ocasiones agresiva, habría
sustituido a la incompatibilidad entre clases sociales. Esta
lucha sería tan absorbente que exigiría una sumisión total a
los principios y reglas establecidos, si es que se pretende
sobrevivir en este contexto social.
2) Heterogeneidad y segmentación: sería una segmentación
objetiva, fruto de la progresiva complejidad del sistema económico
y social (existencia de numerosas situaciones laborales,
fragmentación de clase y estamento social -en los planos
horizontal y vertical-, fin de la cultura de clase como la hemos
conocido hasta hoy...)
3) Hedonismo e individualismo: fin de la cultura de la
solidaridad y el compromiso (por la equidad y la justicia
social), tal vez con su sustitución por otros valores (ecología,
por ejemplo). La mayor afirmación de la «igualdad jurídica»
se hace en oposición a la igualdad económica o de
oportunidades. El éxito social es una responsabilidad individual
(en función de las capacidades naturales, del aprovechamiento de
las oportunidades, de los méritos, del esfuerzo personal, etc.)
Es decir, nos enfrentamos a un nuevo «darwinismo social».
4) Insolidaridad: la sociedad ha digerido la desigualdad, la
precariedad, la inseguridad vital y personal de una buena parte
de la sociedad. Los dos primeros tercios pretenden vivir al
margen del tercero, ignorarlo, sin preocuparse por su suerte.
5) Aceptación de los privilegios de la élite: al mismo tiempo
que se aceptan las diferencias entre clases, y las posiciones
sociales en situación de privilegio respecto a las cosas buenas
de la vida, las clases desfavorecidas -o subalternas- se resignan
ante su situación de postergación social, y adoptan actitudes
imitativas, lo cual no hace más que acentuar su alejamiento de
las posiciones de privilegio.
Si conjuntamos esta serie de reflexiones con lo dicho en los epígrafes
anteriores, y las complementamos con otras referidas a los
factores de competitividad, el papel del Estado, el juego de
relaciones gregarias dentro de la empresa, y las nuevas
tendencias en el marco global vigente, estaremos cerca de
comprender el escenario donde nos movemos, que es aquel que
caracteriza a las sociedades avanzadas en situación de
transformación de sus estructuras productivas.