BUSINESS
El caso del envasador de agua
Los hechos que son la base este supuesto sucedieron en 1990, y la
marca afectada era la francesa Perrier, líder mundial en este
tipo de producto: agua mineral de lujo.
El descubrimiento de benceno en las botellas de agua envasada
Perrier le iba a costar carísimo a Source Perrier, la empresa
francesa productora de la mítica agua mineral. En cuestión de
semanas se vio obligada a retirar los 160 millones de botellas
que había distribuido por todo el mundo, con un coste total
cercano a 200 millones de dólares. El precio de la acción de
Source Perrier fue vapuleado por la crisis, bajando un 33 por
ciento en un solo año, y el tratamiento inadecuado del problema
en los primeros días del incidente le costó el cargo al anciano
Leven, presidente y fundador de Source Perrier.
Cuando la filial del grupo Lerrier en los Estados Unidos supo del
problema, retiró inmediatamente todas las botellas del mercado.
Sin embargo, también transgredió la primera regla de oro para
afrontar una crisis: expandir información no confirmada. Incluso
antes de conocer la forma con que el agua se estaba contaminando,
la filial norteamericana de Perrier ya estaba anunciando con toda
tranquilidad que el problema sólo afectaba a Estados Unidos.
En Francia, Perrier también reaccionó con decisión: detuvo el
embotellado de su producto. Pero después quebrantó todas las
reglas de la más elemental prudencia.
El 11 de febrero, dos días después de que estallara la crisis,
un portavoz de Perrier, sin tener ni idea en realidad de dónde
provenía la contaminación, anunció que la fuente de benceno
era un líquido de limpieza que se había utilizado por error en
la línea embotelladora que servía al mercado norteamericano.
Perrier además, aportaba análisis independientes según los
cuales el manantial natural de su agua con gas, en Vergeze, al
sur de Francia, no estaba afectado por ningún agente
contaminante. Esta afirmación, evidentemente, perseguiría más
tarde a Perrier como sus peores pesadillas.
Efectivamente, menos de tres días más tarde, se descubrió la
verdadera causa de la contaminación: los empleados encargados no
habían sustituido los filtros de carbón vegetal utilizados para
eliminar las impurezas del gas natural presente en el manantial.
Perrier, una vez verificado el origen de la contaminación, se
hallaba obligada a cambiar su explicación acerca del asunto, sin
que los ejecutivos de Perrier fueran conscientes de los efectos
que este cambio de informaciones causaría en el mercado. En una
conferencia de prensa, en una evidente falta de tacto, después
de haber retirado el agua del mercado, se sirvió agua Perrier a
los periodistas, que la mirarían con recelo. Perrier anunció
que retiraba el agua del mercado mundial y cuando los periodistas
preguntaron el motivo no se le ocurrió al ejecutivo de la
compañía más que decir: "¡Perrier está loca!".
La ceguera de los ejecutivos de Perrier era tal que el presidente
de la división internacional de la empresa, declaró que
"toda esta publicidad ayuda a aumentar la fama de la
marca", y, lo que fue más preocupante y sorprendente:
Zimmer comentó que el agua Perrier contenía varios gases,
incluido el benceno "de forma natural", y que eran
eliminados por los sistemas de filtración del agua.
La revelación de que el benceno estaba presente de forma natural
en el manantial constituyó un desastre. Perrier, líder mundial
de aguas minerales, construía su nombre sobre la base de la
pureza. Y sus ejecutivos estaban afirmando que su agua contenía
de forma natural un elemento cancerígeno. Tom Pirko, presidente
de Bevmark, una firma americana de consultaría de bebidas, lo
dijo con claridad cuando comenzaron los problemas de Perrier:
"Lo último que Perrier puede permitir que ocurra es que el
público piense que hay benceno en el manantial, aunque éste sea
eliminado por filtración". Especialmente en Estados Unidos,
donde el eslogan de la publicidad de la compañía era: "Es
perfecta. Es Perrier".
Como consecuencia de las torpes explicaciones de Perrier, la
compañía se granjeó mala prensa en todo el mundo y sus cifras
de negocio cayeron dramáticamente.
En el Reino Unido la compañía lo hizo mucho mejor. Enseguida se
reconoció la gravedad del problema, y se explicó el mismo a la
opinión pública, mientras se retiraban todas las botellas. Los
periodistas estaban impresionados por la franqueza de la
compañía. La filial británica de Perrier también cayó en la
cuenta, en un primer momento, de que la presencia de una
sustancia cancerígena en su agua, aunque fuera en una
pequeñísima cantidad, asustaría a los bebedores. Para
tranquilizar a los consumidores, la compañía insertó anuncios
de página entera en la prensa británica, afirmando que no
había peligro para la salud.
Pero no hubo ninguna coordinación internacional: Perrier no
publicó ningún anuncio explicativo en ningún otro mercado, ni
se disculpó ante sus consumidores en ninguna parte, salvo en el
Reino Unido.
Sin embargo, hubo más errores. Perrier afirmó que el 50 % de
las botellas que habían contenido el agua contaminada serían
recicladas, por lo que recibieron críticas por no ser el 100 %.
La publicidad de la marca que realizó Perrier a posteriori tuvo
otros problemas. La norteamericana FDA dictaminó que la
afirmación que aparecía en la etiqueta del agua mineral
asegurando su carácter de "naturalmente gaseosa" era
falsa, porque el gas y el agua eran extraídos del suelo
separadamente. La carbonización, por lo tanto, era artificial.
La FDA también se opuso a la afirmación de Perrier de que su
agua no tenía calorías, ya que, después de todo, ningún agua
tiene calorías.
Sin embargo, lo peor para Perrier de la crisis del benceno se
manifestó a posteriori: privados de su agua con gas durante, por
lo menos, seis semanas, los bebedores habituales empezaron a
descubrir otras marcas, y notaron que no eran muy diferentes.
Perrier perdió una gran cuota de mercado.
Durante todo este proceso, la confusión en la opinión pública
fue mayor al saberse que las respuestas a la misma fueron
diferentes en los diferentes países donde Perrier estaba
presente. No hubo un proceso de toma de decisiones centralizada.
El caso del fabricante de
cuchillas de afeitar
Había ocurrido lo mejor que le puede
ocurrir una a una empresa. Los consumidores literalmente
saqueaban los comercios en busca de este producto, que eran las
cuchillas de afeitar Sensor de Gillette. La multinacional había
previsto unas ventas de 18 millones de cuchillas de afeitar
durante la campaña, y 200 millones durante el año. Sin embargo,
los datos reales fueron 27 y 350 millones respectivamente.
Gillette no podía servir frente a la avalancha de producto que
se demandaba, y antes que dejar sin satisfacer el mercado,
desprestigiando posiblemente el producto, prefirió darse algún
tiempo para respirar, cortando su publicidad.
Durante años los fabricantes de cuchillas de afeitar habían
competido por precio, y los consumidores compraban la más
barata, sin atender a la marca. Gillette iba a tratar de fabricar
un producto de más calidad y más diferenciado, para lo cual
creó la Sensor.
Gillette había tenido problemas en los últimos años, e incluso
había sido la diana de emisores de opas hostiles. El lanzamiento
de Sensor era la apuesta definitiva para hacer sobrevivir la
empresa, cuyas acciones se habían venido abajo en la Bolsa.
Los productos Gillette habían perdido el prestigio que habían
tenido hacía años, y con un producto tan barato como la
cuchilla desechable, se había abandonado incluso la publicidad.
Pero la Sensor fue anunciada de una manera publicitariamente
agresiva en muchos países simultáneamente, lo cual constituía
un verdadero riesgo para Gillette y para el producto. Los
ejecutivos norteamericanos de Gillette decían que la estrategia
óptima de la empresa era reducir costes y vender más barato.
Pero un ejecutivo de la división europea no pensaba igual.
Decía que había que "cambiar las reglas del juego".
La estrategia del ejecutivo europeo de un producto de mejor
calidad, con mayor precio y con mucha publicidad tuvo éxito en
Europa con un producto anterior a la Sensor, la Contour Plus. Sin
embargo, en los Estados Unidos, donde no hubo apenas publicidad,
los resultados fueron inferiores a los de Europa. Gillette había
aprendido cuál era el camino a seguir.
La campaña con la que se lanzó la Sensor tenía como eslogan
"lo mejor para el hombre". Su lanzamiento formaba parte
de una campaña de publicidad que multiplicaba los presupuestos
anteriores por este concepto y que trataba sobre todo de
diferenciar la marca Gillette de otros fabricantes.
Y tal fue el éxito de Sensor que Gillette se destacó como marca
de prestigio y tuvo que retirar la publicidad tras su
lanzamiento, porque pura y simplemente no podía abastecer el
mercado.
Las hamburguesas
contaminantes
La verdad es que la esencia de este tipo
de comida es el envase, y que en aquel tiempo los envases, de
poliestireno, eran altamente contaminantes. La compañía en
cuestión, McDonald's, decide no enfrentarse a los ecologistas
(que manifiestamente tenían razón), sino dirigirse a ellos para
pedirles ayuda. Los ejecutivos de McDonald's sabían gestionar
restaurantes, pero no tenían ni idea en asuntos de medio
ambiente. De este modo, llegó a un acuerdo de colaboración con
la organización ecologista norteamericana EDF.
En este acuerdo de colaboración McDonald's pretendía mejorar su
imagen y sus procesos internos, acercándolos hacia lo que los
ecologistas demandaban. Por su lado, los ecologistas querían
introducir una cuña en el mercado de las hamburguesas, altamente
contaminante por cuanto a sus residuos, y hacer publicidad de sus
ideas ecologistas entre los millones de personas que consumen
diariamente los productos de esta marca.
Lo primero que hizo esta compañía fue tratar de reciclar el
máximo posible de residuos. Pero la tarea no tuvo mucho éxito.
No podían evitar que sus clientes lanzaran los envases en
cualquier sitio, o en la basura, donde no podía llegar el
reciclado realizado por el fabricante de hamburguesas. Para colmo
de males, en algunos estados norteamericanos se prohibió el
poliestireno para esos usos alimentarios.
Posteriormente, McDonald's empezó a emplear otros materiales
menos contaminantes para envolver sus hamburguesas, y a reciclar
lo máximo posible los numerosos residuos de todo tipo de su
actividad. Del mismo modo, empleó el material reciclado para
fabricar algunos de sus envoltorios.
Los ecologistas se olvidaron pronto de McDonald's, y la cadena de
hamburgueserías mejoró su imagen frente a la sociedad.
Sin duda, enfrentarse a los ecologistas hubiese sido mucho más
caro en términos de costo en publicidad y otros, y al final
McDonald's hubiese tenido que tomar la decisión de contaminar
menos.
Disneyland París
Si en los años 1980 Disney
había triunfado construyendo un parque en Japón, ¿cómo podía
no triunfar en Francia, en Europa? El gasto europeo en este
continente es alto, y cerca de París se hallan las
concentraciones urbanas más grandes de Europa, y además las que
tienen mayor poder adquisitivo. Por otro lado, cuando se
construye Euro Disney no había en Europa parques similares, y la
economía funcionaba a todo tren. Por lo tanto, había que
construir el parque "a lo grande".
El parque empieza a funcionar en la primavera de 1992, tras una
inversión desmesurada que había construido un parque a todo
lujo. Enseguida la intelectualidad francesa empieza a atacarlo
porque convierte a los niños en consumidores, sofoca la
imaginación de los jóvenes, etc. etc., además de no ser
francés.
La publicidad del parque se realiza en toda Europa siguiendo
pautas norteamericanas, y sin tener en cuenta que cada país es
un mundo en Europa. El resultado es que la publicidad no es
eficaz. Esto forzó a Euro Disney a cambiar de estrategia y a
hacer que la publicidad tuviera un tratamiento diferente en cada
uno de los países de Europa.
Del mismo modo el merchandising comete no pocos errores de bulto
que tienen que ser apresuradamente corregidos.
La falta de público, causada en parte porque el precio de las
entradas era muy caro, era alarmante. Y Europa se hallaba en un
entorno recesivo en ese momento. Esto obliga a los directores del
parque a rebajar el precio de las entradas y a hacer ofertas
especiales.
El mismo nombre del parque, Euro Disney, no gustó, y con el
tiempo hubo de ser cambiado por el de Disneyland París.
Pero la mayor metedura de pata de Disney en Europa fue su
política inmobiliaria. Disney estaba escamada porque había
perdido grandes oportunidades de negocio con los terrenos que no
eran de su propiedad y que se hallaban alrededor de los parques
que había construido. Sus propietarios se hicieron literalmente
de oro. Sin embargo, Disney no obtuvo ningún beneficio de ello,
a pesar de que la inversión en el parque era suya solamente. Es
decir, había hecho ricos a los propietarios de los terrenos por
pura benevolencia. Con el parque de París se habían propuesto
que esto no sucediera. Sin embargo, en París el mercado no
reaccionó como en otros sitios donde se había construido un
parque Disney, y en medio de una recesión inmobiliaria, Disney
no recuperó la inversión realizada, que había que financiar a
un costo muy alto.
En realidad Disneyland París fue un fiasco financiero que costó
el puesto a los ejecutivos que dirigieron inicialmente el parque.
Los ingresos que generó no eran suficientes para recuperar los
gastos corrientes y las amortizaciones de las grandes inversiones
realizadas. Tuvieron que ser adoptadas medidas de recorte de
gasto de todo tipo y al final el parque pudo sobrevivir porque se
hizo una refinanciación con los acreedores, fundamentalmente
bancos, para evitar la quiebra de la compañía, cosa que nadie
deseaba.
En 1995 Disney anunciaba sus primeros beneficios, pero aún así
muchos permanecieron con el miedo en el cuerpo al haber visto tan
cerca del abismo al parque Disney de París.
El fabricante de
automóviles
Lee Iacocca se hallaba en una situación
parecida por segunda vez en diez años. Diez años atrás
Chrysler se había visto envuelta en problemas similares,
abrumada por la competencia de los coches japoneses, y la
situación se resolvió haciendo un llamamiento al patriotismo de
los norteamericanos para que comprasen coches nacionales, aunque
fuesen de peor calidad y más caros.
Pero en 1990 ya no solamente General Motors y Ford se hallaban
por delante de Chrysler en ventas sino también Honda y Toyota.
En enero de 1994 Chrysler lanzó al mercado el Neon. Este
automóvil aparte de su modernidad incorporaba importantes
ahorros de coste en su producción, que lo hacían además de
moderno, un automóvil rentable y competitivo. El diseño había
vencido muchas dificultades de ensamblaje y de producción.
Desde enero de 1993 Robert Eaton dirigía la Chrysler, en
sustitución de Iacocca. Y la gestión exitosa del primero no se
basó en su visión providencial del futuro y de las necesidades
de la compañía, sino en la utilización de los recursos de la
propia empresa, del conocimiento adquirido a lo largo de muchos
años de trabajo: se basó en la explotación de la experiencia
de los cuadros intermedios.
Chrysler en los últimos años había tenido una historia penosa,
con luchas internas por la sucesión ante la senectud del
carismático Iacocca, una fallida fusión con Fiat, la pérdida
de mercado frente a los japoneses, etc. La caja de Chrysler ya no
tenía recursos para emprender nuevas inversiones.
Algunos cuadros intermedios mientras tanto estaban removiendo los
cimientos de la compañía. La alta dirección de la compañía
aprobó el proyecto de crear una gama de automóviles pequeños y
medianos. El proyecto sería conocido como LH, que inicialmente
nadie sabía que significaba, aunque luego se supo que LH era
"last hope" (última esperanza).
Chrysler desarrolló estos automóviles en condiciones de penuria
en tres años, y con un tercio de los ingenieros con que había
contado para gamas anteriores. Para ello abandonó los
compartimentos estancos típicos de la industria del automóvil,
en los que diseño, ingeniería, compras, marketing, etc., no
tenían nada que ver uno con otro, y fueron sustituidos por
"equipos plataforma" en los que todos estaban presentes
en todo momento en cualquier fase del diseño, de la producción
y de la venta del vehículo. De este modo los problemas se iban
resolviendo conforme aparecían, con gran agilidad, y la escala
jerárquica desde la alta dirección hasta el empleado se hacía
mucho más pequeña. El trabajo de los jefes consistía en
quitarse de en medio.
Robert Eaton se encontró con un balance lleno de deudas y con
una falta de dirección estratégica de la empresa. Se
desprendió de aquellas empresas aeronáuticas, de alquiler de
automóviles, de defensa, etc., que no eran imprescindibles para
el ejercicio de la actividad de Chrysler que era fabricar coches.
De este modo de paso podía mejorar algo los ratios de
endeudamiento. Por otro lado, en lugar de pretender abarcar todos
los mercados del mundo, Eaton decidió centrarse en el mercado
norteamericano, que era el que conocía mejor su empresa, y donde
la marca era más conocida.
Recurrió en varias ocasiones a la estrategia de saber lo que
pensaban los ejecutivos de su empresa acerca de la situación de
la misma. De este modo, Eaton se dio cuenta que las fuerzas que
habrían de salvar la empresa surgirían de la mismo compañía,
y que su labor debía limitarse a dejar hacer que la empresa se
salvase a sí misma.
La fiebre del oro
En realidad el descubrimiento de oro en Bunsang era un absoluto
fraude. Es cierto que se encontró una pequeñísima traza de
oro, pero en absoluto nada rentable como para hacer una mina. Lo
que sucedió es que en el transporte de las muestras extraídas
de Bunsang las mismas hacían un alto en un laboratorio secreto
dentro de la selva donde las muestras extraídas de la tierra
eran "enriquecidas" en oro, proceso que en la jerga
minera se conoce como "salazón".
Al final de la historia se demostró que todo este montaje era un
gigantesco fraude. Uno de los geólogos de la explotación
minera, el filipino Michael De Guzmán, murió (según parece
porque hay quien no se lo cree) en unas circunstancias muy
extrañas: se cayó desde un helicóptero cuando estalló el
escándalo. Los restos hallados nunca fueron certeramente
identificados. Walsh y Felderhol hicieron una gran fortuna con el
negocio del oro. Felderhol vive actualmente en las islas Caimán.
El jabón que lavaba
más limpio
Lo que ocurre cuando se hacen las cosas mal, a pesar de gastarse
sumas astronómicas de dinero para que todo salga bien. En
realidad el producto estrella era defectuoso. Unilever había
añadido cristales de manganeso al jabón, un catalizador que
multiplicaba drásticamente su poder limpiador del producto. La
pega de todo ello es que en algunos casos, no en todos, esta
combinación de jabón con cristales de manganeso perjudicaba los
tejidos. Y evidentemente, las pruebas previas al lanzamiento no
habían tenido en cuenta precisamente a esos tejidos.
El competidor de Unilever, Procter & Gamble, supo antes de
que Unilever sacase el producto al mercado que el mismo era
defectuoso. Ellos mismos habían intentado años atrás hacer que
esa fórmula pudiese ser comercializada, y habían desistido. Al
conocer que Unilever intentaría sacar al mercado el producto,
con el nombre de Powder, se dirigió a su competidor para que
desistiese de su intención, por miedo a que este lanzamiento
dañase la imagen de todo el sector de los detergentes.
Sin embargo Unilever no se convenció con las advertencias de
Procter & Gamble, sino que pensó quizá que trataba de
impedir un lanzamiento de un producto que le perjudicaba
comercialmente.
Lanzado el powder, las quejas no tardaron en oírse. ¡Las
advertencias de Procter & Gamble eran ciertas y el producto
perjudicaba algunos tejidos! Mientras tanto Procter & Gamble
y Unilever se enzarzaron en un toma y daca de pleitos de todo
tipo, a causa del nuevo producto.
Sin embargo, la metedura de pata de Unilever era evidente:
Unilever había anunciado que el nuevo producto era adecuado para
todo tipo de tejidos. Rápidamente Unilever se vio obligada a
rebajar la carga de cristales de magnesio en el producto, aunque
no lo retiró del mercado. Entonces Unilever anunció que el
powder en realidad era un producto para bajas temperaturas y ropa
blanca.
Tras todo ello, la imagen pública de Procter & Gamble y de
Unilever se resintió seriamente, puesto que a efectos del
mercado habían entrado en una guerra casi de verduleras. Y los
consumidores miraron con recelo las propiedades milagrosas de los
detergentes.
¿Precipitación? ¿Chapucería? Sea lo que sea, nadie ganó con
este lanzamiento de un producto milagroso.
El día que una cadena de hamburguesas bajó los precios
McDonald's lanzó una campaña
con el nombre de Campaña 55, que consistía en que si un cliente
pagaba unas patatas fritas y una bebida a precios normales,
podía comprar cualquier producto del menú por tan sólo 55
centavos. La oferta era atractiva, si tenemos en cuenta que en
aquella época un Big Mac costaba 1,9 dólares.
Sin embargo, los clientes de McDonald's interpretaron que la
hamburguesería bajaba el precio de las hamburguesas pero que al
mismo tiempo subía el precio de las patatas y de las bebidas, lo
cual en el caso de muchos franquiciados fue cierto. Y algunos
también llegaron a pensar que en realidad McDonald's había
rebajado la calidad de las hamburguesas.
Los consumidores por otra parte, ante la avalancha de ofertas que
otras cadenas ya habían hecho, no valoraron como una gran oferta
la oferta de McDonald's.
Por lo tanto, ni las ventas de McDonald's se incrementaron, ni la
iniciativa fue calurosamente acogida por muchos franquiciados.
La conclusión fue que la Campaña 55 tuvo que ser rápidamente
retirada.