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El Guerrero alzó la vista dejando a sus pies a su enemigo abatido. Alrededor suyo miles de gargantas emitían aullidos ensordecedores aclamando su victoria. Bajo el sol del mediodía la sangre del gladiador muerto era negra. La sanguinolenta arena que pisaba era grumosa y pegajosa.

El emperador se puso en pie haciendo un gesto para que el Guerrero se aproximara. El circo era un único clamor. El emperador gritó.

- ¿De dónde eres, esclavo?

- Soy lusitano, señor.

El emperador pidió a las masas que callasen, a lo cual inmediatamente obedecieron.

- Hace muchos años que asisto a estos espectáculos y he visto pelear y morir a miles de luchadores. Sin embargo, jamás he visto lidiar a ninguno como tú. ¿Quién es tu maestro? ¿Quién te ha dado tu destreza con las armas y con tu cuerpo? ¿De dónde obtienes tu fuerza sobrehumana? ¿Cómo has adquirido la astucia que has demostrado en la pelea? Respóndeme fielmente, porque tengo gran interés en ello, y esto es garantía de tu bienestar en una larga vida.

El Guerrero respondió prontamente:

- Te contestaré con una promesa. Haré grande tu imperio. Tus enemigos abatiré. Las repúblicas y los reinos que te acosan derribaré. Formaré para tí el mejor y más brillante de los ejércitos. Todo ello si dejas a mi mando una de tus legiones. Roma será la más grande entre las naciones. Y si no cumplo lo que prometo, pagaré con mi vida.

De este modo el Guerrero conquistó la ambición del emperador de los romanos, que no tuvo la suficiente astucia como para comprender que un hombre como el que estaba promoviendo no era tan sólo la garantía de sus éxitos en las batallas, sino una amenaza para su propia persona y para la misma Roma.