Enigmas históricos sin resolver

Diluvios y éxodos

El mito del Diluvio es, si cabe, el más universal de todos. Generalmente está asociado a un héroe que funda una nueva raza en la Tierra (Noé entre los hebreos, Utanapishtim entre los babilonios, Manu entre los hindúes, Deucalión entre los griegos, Tezpi entre los aztecas...) No en todas las variantes del mito se hace referencia al carácter "purificador" del Diluvio. Entre los chinos, por ejemplo, éste es un recurso para justificar el origen divino del poder establecido (aunque también existe una versión afín al mito "clásico" del Diluvio).
Cabe hablar de dos versiones: la clásica y la específica. La primera se caracteriza por la presencia de unos supervivientes que de alguna manera hacen frente al desastre y fundan una nueva era; la segunda es una explicación notoriamente local. Obsérvese la distribución geográfica de ambas:

Primera versión (clásica):

1) Mesopotamia.
2) Mesoamérica.
3) Grecia.
4) China.
5) Oceanía.
6) Norte de Europa.
7) India.
8) Amazonia.
9) Israel.
10) Indochina.

Segunda versión (específica):

1) África.
2) Andes.
3) Australia.

Existen teorías contrapuestas en torno al origen de este mito: algunos lo remontan al deshielo de los casquetes polares, sucedido hace más de diez mil años. Otros niegan que la "memoria racial" pueda llegar tan lejos, y lo identifican con inundaciones diferentes, en sitios diferentes, y en tiempos diferentes, pero que han sido fundidas poco a poco, en la memoria humana, en un único Diluvio mítico.
El mito del Diluvio podría ser útil para datar la hipotética "protocultura" que estaría en la base de las abundantes analogías en los mitos universales. Nosotros sostenemos que el Diluvio debió producirse con el deshielo de los casquetes polares, tal vez a causa de algún fenómeno catastrófico. Ello podría haber provocado un cataclismo de tal calibre que, de una forma u otra, habría afectado a la población humana y animal del planeta (no en vano se habría extinguido el 70% de los grandes mamíferos). Tal cosa sucedería hace más de 10.000 años.
Para Mircea Eliade este mito tiene una clara connotación lunar: la Luna se encuentra en estrecha conexión con el Diluvio, que aniquila lo viejo y prepara la aparición de una nueva Humanidad. La noción de "purificación" por el agua ha sido adoptada por numerosas religiones: el rito cristiano del bautismo es un ejemplo. No en vano, Arthur Cotterell afirma en su obra "World Mythology": "Para el simbolismo cristiano, el Diluvio vino a significar el bautismo, y el arca de Noé la Iglesia".
El Diluvio ha sido vinculado en muchas culturas a la existencia previa de una raza de gigantes (los "nefilim" hebreos). Éstos han sido asociados en numerosas ocasiones a los constructores de megalitos: porque, ¿quiénes sino gigantes podían haberlos construido, según el modo de pensar de las sociedades "primitivas"? Los gigantes serían los que crearon, con su torpeza o con sus esfuerzos, los accidentes geográficos que nos rodean: las montañas, las colinas, los ríos, los lagos, las islas, etc.
La Biblia afirma que los gigantes fueron el fruto de una unión "ilícita" de ángeles caídos y de las hijas de los hombres. A veces tenían carácter civilizador, y eran depositarios de conocimientos sobrenaturales incomprensibles para los hombres.
El mito de Prometeo es arquetípico, pues aportó a los humanos un elemento muy importante para el establecimiento de la civilización: el fuego. No en vano Esquilo lo representa como un sabio filántropo, rebelde contra el despotismo de Zeus. Pero no sólo Prometeo simboliza el "dios" (o "héroe") civilizador: el Triptólemo ateniense, el Osiris egipcio, el Ea acadio, el Viracocha andino, el Quetzalcoatl azteca, y tantos otros, son ejemplos de ello (véase más abajo).
Presentaremos un ejemplo de esta asociación entre el mito del Diluvio, los gigantes y los héroes civilizadores: en la mitología de los arikara del río Missouri (originarios del moderno estado de South Dakota), Nishanú adopta el papel del dios creador. Éste produjo una raza de gigantes, seres perversos a los que destruyó en un Diluvio. Sin embargo, salvó a unos cuantos individuos de talla más pequeña, los convirtió en granos de maíz, y los colocó en una caverna. Posteriormente, a partir de granos de maíz que sembró en el Cielo, creó a la Madre del Maíz, que ayudó a salir al nuevo pueblo (el mismo que Nishanú había transformado en granos de maíz) del submundo y los civilizó.
Aquí encontramos con total claridad otra de las constantes del mito del Diluvio: la existencia de una casta civilizadora. En la mitología azteca dichos héroes civilizadores enseñaron al pueblo a cultivar el maíz, cuyos granos primigenios estaban enterrados en el interior de una montaña:

"De acuerdo con los Anales de Cuauhtitlán, tras la creación del Quinto Sol y de los seres humanos, los dioses consideraron que era necesario proveer a esta nueva especie de una fuente de sustento. Quetzalcoatl, durante su búsqueda, encontró a una hormiga (Azcatl) transportando una espiga de maíz. El dios le preguntó de dónde había sacado ese grano de maíz, y (muy a su pesar) la hormiga le condujo al monte Tonacatepetl. En una cámara en el interior de dicha montaña, Quetzalcoatl halló no sólo el maíz, sino otros tipos de granos y semillas almacenados".

La tradición incaica, en una historia muy similar, alude al monte Tambo Toco ("casa de la ventana") como fuente del preciado alimento:

"Manco Capac (ancestro del pueblo inca) enseñó a los primitivos habitantes de la región de Cuzco (el pueblo alcavicça) cómo plantar el maíz, que había obtenido en una de las cuevas del monte Tambo Toco".

Es decir, en ambos mitos (el azteca y el inca) se hace alusión a un motivo común: el ancestro del maíz fue hallado por el héroe civilizador en una cueva, situada en el interior de una montaña.
El que el maíz fuera hallado por sus respectivos héroes fundadores y/o civilizadores (Manco Capac y Quetzalcoatl, repectivamente) en el interior de una montaña, no es la única coincidencia entre la mitología andina y la mesoamericana: al igual que los aztecas, los incas hablan de un prolongado Éxodo, con un lugar de destino no muy alejado de su lugar de origen (el Cuzco inca, equivalente al Tenochtitlán azteca).
Así, como en el caso hebreo:

1) Los mexicas (o aztecas) provenían de un emplazamiento ancestral: la mítica Aztlán. Los mexicas efectuaron un desplazamiento inusitadamente prolongado (de casi 300 años) para la escasa distancia entre su lugar originario (Norte de México, o Sur de Estados Unidos) y su lugar de destino (la actual Ciudad de México).
2) Este viaje fue efectuado a instancias de su dios Huitzilopochtli (dios guerrero por antonomasia), que era transportado en un altar portátil.

Como es bien sabido, los hebreos partieron de Egipto, durante 40 años dieron vueltas por la pequeña península de El Sinaí, y portaron a Jehová en un altar portátil. Según la Biblia, Jehová era "un buen guerrero" (Éxodo 15:3).
Así pues, a partir de lo dicho: 1) en diferentes tradiciones americanas encontramos la figura del "héroe creador o civilizador", que enseña a los humanos el cultivo del maíz; y 2) de nuevo volvemos a observar temas comunes de la mitología universal, que se expresan en el relato mítico del Diluvio y del Éxodo.
No nos cabe duda de que ambos Éxodos (el azteca y el hebreo, en sus diversas variantes: Faleg, Abraham y Moisés) tienen un carácter más ancestral de lo que se creía. Ninguno de los dos parece estar motivado por una causa apremiante (por ejemplo, ser expulsados por otro pueblo, el agotamiento de la fertilidad de sus tierras...). En ambos casos se aduce como su desencadenante ¡el mandato de su dios supremo!; un mandato sin motivo aparente, sin objetivo, sin justificación.
¿A qué podemos atribuir dichos Éxodos? La respuesta podría estar en el carácter "civilizador" de ciertos personajes de la más remota antigüedad. Supongamos que una civilización relativamente avanzada hubiese sido destruida por una catástrofe natural (por ejemplo, si sus tierras hubiesen sido devastadas por un manto de lava o por una lluvia de ceniza, o bien hubiesen sido anegadas por el agua de ríos, lagos, o incluso del mismo mar). Los supervivientes de dicha catástrofe, ahora en una situación de movilidad, habrían sido considerados como "semidioses" por una población con un nivel cultural muy inferior. Aquéllos podrían ser los "dioses civilizadores" de los que habla la tradición universal. Y si además hubiesen tenido una estatura por encima de lo normal, bien podrían constituir los gigantes (y los ángeles) de los que habla la Biblia. En definitiva, nos encontraríamos ante una casta de "príncipes ilustrados".
El mandato del dios supremo consistiría en un imperativo civilizador, apostólico. Tal vez los gigantes fueran los primeros predicadores, al estilo del Tanapa del pueblo aymará. Nótese que la tradición de este pueblo habla de una montaña sagrada llamada "Samiri" (literalmente "proveedor"), lo que nos recuerda al Tonacatepetl azteca y al Tambo Toco inca.
Una vez que aceptemos que el mito del Diluvio se trataría de una tradición universal, cabe preguntarse. ¿Lo es también el mito del Éxodo? Mucho se ha hablado del mito del Diluvio; en cambio, poca gente -si alguna- se ha preocupado en buscar vínculos universales en el mito del Éxodo. Generalmente se asume que ésta sería una tradición genuinamente hebrea. En lo que sigue pretendemos demostrar que, muy al contrario, el mito del Éxodo es tan universal como el del Diluvio. Y cómo, por otro lado, ambos mitos están íntimamente ligados.
La Biblia alude en diversas ocasiones a un supuesto Éxodo, con unos trazos similares pero con diferente trama. El relato bíblico induce a pensar que las repetidas alusiones a un Éxodo, así como a una "matanza de los inocentes" (o de los primogénitos), podrían tener un origen muy remoto. En Génesis 12:10-20, se hace referencia a la llegada de Abraham a Egipto, acompañado de su esposa Sara. El primero obliga a su mujer a hacerse pasar por su hermana (para evitarse problemas con los egipcios). Siendo muy bella, el faraón la toma como mujer, por lo que "Dios castigó al faraón y a su corte con plagas grandísimas". Posteriormente, el faraón obliga a marchar al profeta hebreo, después de cargarle de riquezas.
Esta historia (hambre en Canaán, llegada de los hebreos a Egipto, acceso de un hebreo al palacio del faraón [sea Sara o José], castigo al faraón, y abandono del país cargados de riquezas), pero revestida de otra trama, es parecida a la que hallamos en el libro del Éxodo. ¿Podría ser ésta la prueba de que este acontecimiento legendario habría tenido lugar mucho antes de lo que se suponía, tal vez en tiempos del Diluvio?
Se estima que los hicksos ("reyes extranjeros") ocuparon el norte de Egipto entre el 1680 y el 1650 aC. Es común pensar que los hicksos estaban formados en gran parte por hordas de asiáticos, de cultura semítica. Josefo los denomina "pastores", los ancestros de los hebreos. Pues bien: si estos pastores son los que llevaron a cabo el Éxodo al que se refiere la Biblia, y si habitaron Egipto durante 430 años (Éxodo 12:40), su salida de Egipto (el Éxodo) se debió producir entre el 1250 y el 1220 aC., es decir, aproximadamente en tiempos del faraón Ramsés II (que ocupó el trono entre el 1290-1224 aC.)
Es notorio que nada indica que tal hecho pudiera ocurrir durante el reinado del citado faraón: no existen evidencias que demuestren que unos sucesos tan extraordinarios como las diez plagas de Egipto, o el abandono del país de una parte tan considerable de la población, pudieran haber sucedido entonces. Ello no implica que el Éxodo carezca por completo de base histórica.
Flavio Josefo, en su obra "Contra Apión" (libro I, capítulos 15-16, párrafos 93-105) nos da una pista que, hasta cierto punto, puede resolver el misterio que envuelve al Éxodo. Citando a Manetón afirma:

"De este modo, Manetón nos ha dado la evidencia, a partir de los registros egipcios, acerca de dos importantes puntos: primero, nuestra [la de los hebreos] llegada a Egipto desde algún lugar; y segundo, nuestra partida de Egipto en una fecha tan remota que precedió la guerra de Troya en casi 1000 años".

Como la guerra de Troya, según la tradición, se iniciaría hacia el 1192 aC., estamos hablando de unas fechas que se situarían en torno al 2192 aC., lo que las enmarcaría en el período en el que, posiblemente, se desarrollaría la vida del patriarca Abraham. ¿Sería ésta la verdadera fecha del Éxodo? ¿Haría referencia el pasaje de la estancia de Abraham en Egipto al Éxodo real del pueblo hebreo? Sea como sea, Josefo pone aquí al descubierto una sugerente posibilidad: el Éxodo hebreo, a partir de los registros egipcios, tendría lugar mucho antes de lo que marca la tradición: tal vez en tiempos de Abraham y, ¿por qué no?, quizás en tiempos del legendario Faleg.
Ahora nos impondremos otra aventurada tarea: convencer al lector de que tal "Éxodo" podría tratarse en realidad de la migración de un pueblo relativamente avanzado, en tiempos inmediatamente posteriores al deshielo de los casquetes polares, hace más de 10.000 años. La confirmación de tal aserto la encontramos en la obra capital de San Agustín de Hipona (354-430 dC.): "La ciudad de Dios".
En el libro XVIII de esta monumental obra, San Agustín traza los cursos paralelos de lo que él llama la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre. Pero estas "historias paralelas" no se ajustan en absoluto a la letra de las Escrituras; es más: tienen en su transfondo un indiscutible sabor "pagano".
La Historia de la Ciudad de Dios tiene origen en ABRAHAM, no en Adán, como es habitual. Abraham es contemporáneo de NINUS, fundador de Nínive e hijo de BELUS: "Ninus, que sucedió a su padre Belus, el primer rey de Asiria, era entonces el segundo rey de este reino cuando Abraham nació en la tierra de los caldeos" (capítulo 2).

En la mitología griega, BELUS (fundador de Babilonia) es hijo de Poseidón y de Libia, y padre a su vez de los gemelos Dánae y Egipto. Este personaje aparece asimismo en la mitología de asirios y babilonios. Belus podría ser identificado con el Baal cananeo y con el Bel nórdico (dios del fuego): de aquí el bíblico "Belzebú", alusivo al diablo y a la idolatría. NINUS, en la mitología griega, aparece como rey de Asiria y fundador de Nínive. Puesto que en la Biblia el fundador de Nínive fue NEMROD, éste ha sido identificado habitualmente con el Ninus griego, citado por San Agustín.

Al igual que Nemrod, Ninus era un gran conquistador: "Se dice que él subyugó toda Asia, incluso hasta las fronteras de Libia [África]" (capítulo 2). Ninus fue el hijo y el incestuoso marido de SEMÍRAMIS (nótese la combinación MR), la hermosa reina de Babilonia que, según algunos, fue venerada como Rea, la "Gran Madre" de los dioses, impulsora de ritos atroces tales como la "prostitución sagrada", tan comunes en el mundo semítico pagano.
Como vemos, según el relato de San Agustín, Abraham (el "padre de multitudes") debió vivir en una época antiquísima. Ello es evidente cuando sabemos que sus descendientes, Isaac y Jacob, fueron contemporáneos del rey argivo ÍNACO y de su hijo FORONEO, descubridor del fuego. Muerto Foroneo, su hermano FEGEO instituyó el culto a los dioses, y enseñó a los hombres a medir el tiempo a través del calendario. Tal como afirma San Agustín: "[En esos tiempos] los hombres todavía no estaban cultivados [no conocían las artes de la civilización]" (capítulo 3). Ínaco tuvo una hija, ÍO, más conocida por su nombre egipcio: ISIS.

En la mitología griega Ío era hija del río Ínaco y hermana de Foroneo. Siendo sacerdotisa de Hera, de ella se enamoró el impetuoso Zeus. Aunque la transformó en una hermosa vaca, para evitar las sospechas de su mujer, ello no impidió que la celosa Hera la descubriese. Ésta la martirizó con un tábano, que la persiguió hasta su llegada a Egipto, momento en el cual Zeus le devolvió su forma humana. Tuvo una hija, Libia, que casó con Poseidón. BELUS, como hemos visto, era hijo de Poseidón y de Libia. Por lo tanto, Ío (o Isis, como la llama San Agustín), sería la bisabuela de Dánae y de Egipto.
Si bien el orden genealógico no aparece muy claro en su relato, no cabe duda de que estos personajes mitológicos tienen carácter ancestral. Según San Agustín, como veremos, todos ellos tienen rasgos civilizadores, y vivieron antes del Diluvio.

OSIRIS, como Isis, tiene asimismo origen argivo. Según San Agustín, Isaac murió siendo Apis tercer rey de Argos. En tiempos de José (hijo de Jacob-Israel), Apis se dirigió a Egipto en sus barcos, donde murió. Como fue enterrado en un sarcófago ["soros" en griego] fue llamado Serapis [¿y de ahí Osiris?]. Fue en esos tiempos cuando se creó el mito del hombre-dios Osiris, y de su forma animal, el buey Apis (capítulo 5).

Manetón afirma que antes del Diluvio reinaron en Egipto tres dinastías: los dioses, los semidioses, y los espíritus de los muertos. Osiris, uno de los dioses, reinó 35 años, y fue sucedido por su hermano Set (el griego Tifón), siendo éste el último rey de la dinastía de los dioses, y Horus (hijo de Osiris) el primer rey de la dinastía de los semidioses.

Hijo de Apis fue ARGOS (que dio nombre a los "argivos", o griegos). En tiempos de este rey: "Grecia empezó a usar frutos, y a tener cosechas de grano en campos cultivados, habiendo sido traída la semilla de otros países" (capítulo 6). Es decir, San Agustín está hablando de la introducción de la agricultura. Éste continúa: "En ese tiempo, cuando nació MOISÉS, se sabe que vivía ATLAS, el gran astrónomo, hermano de PROMETEO y nieto maternal del más viejo MERCURIO [TRIMEGISTO] " (capítulo 39).

Mercurio (el griego Hermes) inventó la música, el alfabeto, la astronomía, la gimnasia y los pesos y las medidas. Tiene el carácter del egipcio Thot, identificado por los griegos con Hermes Trimegisto (el tres veces grande).

San Agustín reputa a Prometeo como un "maestro de sabiduría", y a Atlas como un "gran astrólogo". Moisés sacó a su pueblo "de Egipto" en tiempos de otro mítico héroe civilizador, CÉCROPE, fundador de Atenas (capítulo 8). Éste, como Dumuzi y Escita, era hijo de un hombre y una serpiente (o de la Madre Tierra). Cécrope fue inventor de la escritura y de los sacrificios incruentos. Según el "Diccionario de la Mitología Clásica" (Alianza Editorial): "Cécrope es, sin duda, uno de los primitivos reyes de tribu, contemporáneo, al parecer, del diluvio, y el mito de su doble naturaleza parece haberse desarrollado a partir de la imagen del hombre que llevaba una cola de serpiente como atributo real".

En tiempos de Cécrope se produjo la querella entre Poseidón y Atenea, en la que los hombres votaron por el primero, y las mujeres por la segunda. La disputa en cuestión consistía en decidir qué símbolo (el olivo de Atenea o el agua de Poseidón) daría nombre a la ciudad de Atenas. Siendo Atenea la vencedora, Poseidón arrasó con sus aguas la ciudad y decretó: 1) Que las mujeres no volverían a tener voz ni voto en el gobierno de la ciudad; 2) que ninguno de sus hijos recibirían su nombre a partir de la madre; y 3) que ninguna mujer sería llamada ateniense. Es decir, los griegos simbolizan de esta manera la introducción del patriarcalismo en sus tierras.

Más adelante, San Agustín afirma que el Diluvio de Deucalión tuvo lugar en tiempos de Cécrope (capítulo 10). Aquí entramos en un terreno pantanoso: 1) por un lado, el citado autor distingue entre este diluvio (que no afectó a Egipto), el de Ógigo (capítulo 8), y el de Noé (capítulo 22). Sin embargo, es bien sabido que los diluvios de Deucalión y de Noé tienen detalles muy similares, por lo que muy bien podríamos considerar que se tratan del mismo relato mítico.

Habiendo decidido Zeus exterminar la raza humana, Prometeo advirtió a su hijo, Deucalión, que construyera una gran arca, la llenara de provisiones, y se metiera en ella con su esposa Pirra. Tras nueve días a la deriva, el arca descansó sobre la cima del monte Parnaso.

San Agustín dice literalmente: "Moisés llevó a su pueblo fuera de Egipto en los últimos tiempos del reinado de Cécrope de Atenas" (capítulo 11), es decir, después del diluvio de Deucalión. Desde este tiempo, al de su sucesor Josué: "Los reyes de Grecia instituyeron rituales a los falsos dioses que, a través de una celebración establecida, rememoraban el Diluvio, y la liberación [deliverance] de éste, y la difícil vida que llevaron al migrar de aquí para allá entre las llanuras y las montañas" [¿el Éxodo?] (capítulo 12). Nótese que aquí se está hablando del recuerdo de un "éxodo" entre los griegos, posterior al supuesto diluvio de Deucalión. ¿El mismo Éxodo del que hablan los hebreos?
Contemporáneos de esos tiempos son Dionisos (también llamado "Pater Liber"), Hércules, y Erictonio de Atenas. A la muerte de Josué, encontramos al héroe civilizador TRIPTÓLEMO, a quien Ceres encargó que difundiese por el resto del mundo las bondades de la agricultura (capítulo 13), por medio de su carro arrastrado por dragones (serpientes aladas: nótese el mito de la "serpiente emplumada" en América). En el capítulo 15, San Agustín nos habla del héroe romano STERCES, inventor del "estiércol" (que lleva su nombre), y por tanto de los fertilizantes tan útiles en la agricultura. También alude a SATURNO (contemporáneo de la bíblica Déborah), el mítico rey de la "Edad Dorada", la cual tuvo fin con la guerra de Troya (capítulo 16). El sucesor de Saturno fue JOVE (Júpiter), y con éste, su relato de la Historia de la Ciudad del Hombre sigue los cauces habituales.
Está claro que no podemos dar verosimilitud a un relato mítico tan confuso y lleno de contradicciones (por ejemplo, en el orden de los héroes y los dioses, y en la cronología de los eventos). Sin embargo, sí que quedan claras dos ideas:

a) Moisés fue contemporáneo del Diluvio, y vivió en unos tiempos muy remotos.
b) El Éxodo no sería el acontecimiento que relata el libro homónimo de la Biblia, sino otro, mucho más antiguo, que aparecería asimismo en la tradición griega, como hemos visto más arriba.

De este modo, no sólo el mito del Diluvio, sino el del Éxodo, tendría carácter universal, lo que explicaría el extraño recuerdo de la migración del pueblo azteca, o del pueblo inca, desde sus míticos lugares de origen (Tamoanchán y Tambo Toco: véase más arriba).
Así pues, ¿quién sería en realidad Moisés? Nos atrevemos a afirmar que, al igual que Eber (que puede derivar de [h]abar: "estar unido"), o que Faleg (que provendría de palag: "dividir"), este personaje sería un símbolo, un emblema. Moisés haría referencia a aquel tiempo, tras el Diluvio, en el que las hordas de un supuesto pueblo nómada relativamente avanzado se dispersaron por los cuatro rincones del mundo, difundiendo su cultura, sus tradiciones, y lo que quedaba de su ciencia entre las gentes que encontraban por su camino.


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