Enigmas históricos sin resolver

El símbolo universal de la montaña sagrada

La montaña sagrada es un símbolo con carácter universal: se halla en la base de las tradiciones religiosas de las principales culturas del Viejo y del Nuevo Mundo. Ha sido considerada históricamente el centro del mundo, un lugar de revelación o de oración, la residencia de los dioses, el ombligo de la Tierra, etc. En cualquier caso, es una de las más importantes manifestaciones de lo divino. Constituye un espacio sagrado (un "témenos"), el cual puede estar o no acompañado de un templo. En cualquier caso, la montaña es en sí misma un símbolo del templo, del mismo modo que el templo, cuando se expresa como un zigurat, un túmulo o una stupa (entre otras formas arquitectónicas), simboliza la montaña sagrada.
Otros símbolos asociados a la montaña sagrada son el árbol sagrado, la escalera hacia el Cielo, la Diosa Madre, el pilar del Cielo (el atlante, o la cariátide), etc., que aparecen repetidamente juntos, como podemos observar en el siguiente párrafo de la Biblia (I Reyes 14:23):

"Habían construido lugares altos, habían levantado estelas, y asherás sobre todos los collados altos, y debajo de todo árbol frondoso".

El simbolismo de la montaña sagrada se manifiesta tanto en montañas naturales (de entre las que se conocen gran número con connotaciones sacras) como en los promontorios artificiales (creados por el hombre). Tradicionalmente ha sido considerada un "axis mundi" (eje del mundo), que une lo terrenal con la esfera de lo celestial. En ocasiones es un hito a partir del cual se construye el orden del mundo y del cosmos.
En diversas partes del mundo la tradición considera a la montaña como algo perdurable, inalterable incluso tras el Diluvio universal. Esta referencia a la montaña en relación al Diluvio la hallamos en el monte Ararat de Turquía, en el Parnaso de Grecia, en el Nisir de la tradición mesopotámica, en el Hemavat hindú, etc. Aunque también (y con el mismo sentido) entre los nativos norteamericanos de la costa del Pacífico Norte, o entre otros nativos de los Andes peruanos.
La montaña sagrada se asocia a los fenómenos atmosféricos, y especialmente a sus manifestaciones más vistosas: el rayo y el relámpago. No es casualidad que los dioses que moran en ella sean los portadores de tales instrumentos divinos. El griego Zeus, Rudra/Shiva en la India, Baal Hadad de Ugarit, Catiquilla entre los incas, Odín (Wotan) entre los nórdicos, son ejemplos de ello.
La divinidad se halla asociada a la altura, al cielo y a la montaña. Los dioses suelen morar sobre las cimas de las montañas consideradas sagradas: nótese el monte Olimpo en la tradición griega.
Gran número de deidades clásicas (y sus precedentes orientales) tenían sus templos sobre las montañas. En la India las cimas de las montañas son lugares especialmente idóneos para erigir los santuarios de los dioses. El dios hindú Shiva es llamado Girisa, que significa "Señor de la Montaña": su morada es el monte Kailasa, en el Himalaya, y tiene santuarios en otras montañas repartidas por todo el subcontinente. Su esposa, Parvati, es denominada "Hija de la Montaña".
Lo mismo observamos tanto en China (monte Kun Lun), como en Japón (Fuji Yama), como en otras partes del mundo. Sobre los montes los dioses se revelan a los profetas: es el caso de Moisés en el monte Sinaí (u Horeb), o bien de Alá en el monte Hira. Significativamente, el monte Sinaí es conocido como el "Monte de Dios".
Por otra parte, la cima de los montes era el lugar idóneo para la realización de los sacrificios: sobre el monte Moriah (el monte del Templo de Jerusalén), de acuerdo con la tradición, Abraham ofrece a su hijo en sacrificio a Yahvé. Sobre las pirámides los nativos americanos ofrecían sus sacrificios humanos a los dioses.
En el credo católico, el culto a la montaña se halla mistificado en forma de santuarios sobre sus cimas, donde los fieles se hallan más cerca de Dios. En realidad, la costumbre eremítica de construir altares sobre las montañas no es otra cosa que la continuación del culto pagano a la montaña sagrada. Entre los judíos también existía la misma tradición: no en vano, Jerusalén fue construida sobre un monte sagrado (el monte Sión).
En definitiva, como hemos comentado anteriormente, la montaña es en sí misma un símbolo del templo, del mismo modo que el templo simboliza la montaña. La montaña sagrada como templo (de construcción artificial) tiene, al igual que la montaña sagrada natural, un ámbito universal.
En términos generales, la pirámide es una fase tardía de la "montaña sagrada", con carácter predominantemente solar (aunque también existan "pirámides de la Luna", como en Teotihuacán). El túmulo megalítico sería una fase temprana con carácter lunar, como resulta evidente por su iconografía. (Ello no obstante, en el túmulo el símbolo solar no está ausente.)
La pirámide egipcia (escrito M'R, y pronunciado "Mer") es una evolución de la primitiva "mastaba" (estructuras rectangulares que cubrían las tumbas de las primeras dinastías). Se atribuye al legendario Imhotep (visir y arquitecto del faraón Zóser) la idea de apilarlas formando escalones. De ahí a la formación de la pirámide completa sólo faltaba un paso, hasta llegar al complejo de pirámides de Giza (construido durante la cuarta dinastía). Su origen en forma de mastaba (tan modesto) hace dudar que en alguna ocasión llegara a asumir el simbolismo de la "montaña sagrada". Sin embargo, un texto de las pirámides lo desmiente, al denominarlas "escaleras hacia el Cielo".
Las pirámides mayas y aztecas tienen otro carácter. Más bien son unas plataformas escalonadas sobre las que se asienta el templo. (Aunque no podemos evitar ver en las pirámides amerindias una verdadera escalera hacia el Cielo, puesto que ciertamente tienen escalones.) Su origen es modesto: en Tlapacoya (hacia el primer milenio antes de Cristo), por ejemplo, se trataba de un chamizo (el templo) elevado sobre un montículo de tierra.
El zigurat mesopotámico debe entenderse asimismo como un "lugar alto" (deriva del acadio "zaqaru": lugar alto). Se trata, como en América, de un "templo escalonado". Ejerce de intermediario entre la Tierra y el Cielo, y de residencia de la divinidad (en la pequeña capilla que según parece lo coronaba).
Como es lógico, la intención fundamental de los constructores de la "montaña sagrada" era remontarse hacia las alturas: la pirámide de Keops (la más alta) alcanza los 147 metros, la del Sol en Teotihuacán los 70 metros (aunque curiosamente tiene su misma amplitud en superficie), el túmulo de Aliates en Lidia tiene 64 metros, la pirámide moche del Sol 40 metros, Silbury Hill (Wiltshire, Inglaterra) 40 metros, la pirámide olmeca de La Venta 34 metros, Saint Michel (Carnac) 19 metros...
Hemos dejado para el final de este artículo un siquiera breve comentario sobre lo poco que se sabe de las pirámides chinas y japonesas que muy recientemente se han conocido en Occidente (en círculos muy restringidos, por cierto, porque aún no han salido a la luz pública). En Ashitake (Japón) hallamos una pirámide perfecta acompañada de un impresionante conjunto megalítico.
Suelen estar construidas con barro, y si bien tienen forma piramidal (aunque no todas) parecen más túmulos que pirámides propiamente dichas. Por lo general, suelen estar muy deterioradas por la erosión y por los trabajos agrícolas que se han desarrollado sobre ellas. En Japón suelen estar cubiertas por el bosque. Alguna de ellas tiene un cierto parecido con la mesoamericana de Teotihuacán. Se estima que pueden tener una antigüedad de 4.500 años.
No se entiende por qué la existencia de las pirámides chinas no ha trascendido hasta ahora, teniendo en cuenta que los norteamericanos las conocían al menos desde finales de la II Guerra Mundial. Significativamente, la zona donde se enclavan (en la provincia de Shensi) es una "zona prohibida". Ello es ciertamente extraño, conociendo el interés que pusieron los chinos en dar a conocer y excavar su "hombre de Pekín".
El caso japonés es todavía más enigmático: la pirámide de Ashitake es conocida desde los años 1930, y por razones que ignoramos, su existencia tampoco ha trascendido al público occidental.
En los años 1990 se han encontrado pirámides en las islas Canarias, excavadas bajo el patrocinio del navegante Thor Heyerdahl. Podrían pertenecer a la cultura guanche, exterminada por los españoles durante el siglo XVI. Éstas son pirámides escalonadas con cierto parecido a las americanas, pero mucho más modestas. Como aquéllas, podrían estar destinadas a un culto solar.
En definitiva, nos enfrenteamos a la siguiente duda: ¿representarían todas estas estructuras piramidales (montañas sagradas) un fenómeno de convergencia? Creemos que no: más bien pensamos que serían expresiones particulares de una misma idea. Lo que las une no es su forma o su función, sino el símbolo que subyace en todas ellas. Que sean pirámides perfectas o truncadas, lisas o escalonadas, de tierra o de piedra, es lo de menos. El hecho importante es que distintos pueblos y culturas pretendían expresar con ellas un mismo mensaje: el que se esconde detrás del símbolo de la "montaña sagrada".
En otras palabras: el hecho de que hallemos el símbolo de la montaña sagrada extendido universalmente no es consecuencia de que las diferentes culturas, por sí mismas, con independencia unas de otras, hayan llegado por sus propios medios a este concepto. El que el símbolo de la montaña sagrada sea cuasi universal, por mucho que se manifieste en diversas formas arquitectónicas, indicaría que su origen es común.



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