Enigmas históricos sin resolver

El misterio de las manos en negativo

En la obra "Ancient Man in Britain", de Donald A. Mackenzie (1922), este autor afirma que en la "Grotte des Enfants" (noroeste de Italia, datada en torno al 20000 aP.), acompañando a dos cadáveres de niños, se hallaron ejemplares de un tipo de concha (Cassis rufa) que únicamente se puede encontrar en los océanos Índico y Pacífico (más allá del Golfo de Adén: en las Seychelles, Madagascar, Mauricio, Nueva Caledonia, Sudeste de Asia y Tahití).
¿De qué manera pudieron llegar a Europa en fechas tan tempranas? Téngase en cuenta que esa especie de concha nunca ha prosperado en las costas europeas, ni en sus inmediaciones.
A primera vista, parece descabellado pensar que puedan haber existido contactos comerciales, a tan gran escala, hace tanto tiempo. Pero ésta no es la única evidencia de interrelaciones a larga distancia entre el Pacífico y el Mediterráneo. No en vano, los genetistas hablan de un cinturón de la talasemia (un grupo de condiciones hereditarias de la sangre que provoca diversos grados de anemia) que une ambos mares. Y ello, según algunos expertos, podría marcar una antigua ruta de migración o comercio ¡existente en pleno Paleolítico!
Sin embargo, la prueba más "gráfica" de esta posible ruta comercial transpaleolítica la encontramos en la distribución en todo el mundo de una rareza arqueológica: las manos en negativo; es decir, aquellas manos que resaltan merced al contorno de ocre o manganeso que las rodea.
Estas las encontramos en Europa Occidental (España, Italia y Francia, con una antigüedad de 25.000 años), en el Sudeste de Asia (Gua Tewet, Borneo), hacia el 23000 aP.(?), en Australia (Kenniff Cave), hacia el 20.000 aP. y en América (hacia el 10.000 aP.) Curiosamente, por lo visto, es norma que la mano izquierda es la predominante (supuestamente, porque con la mano derecha el autor de tal "huella" habría sostenido el tubo con el que soplaba el pigmento en la pared).
En fin, no sólo la evidencia genética, sino también la arquelógica, demuestra que pudieron haber existido contactos a larga distancia a escala continental, e incluso intercontinental (lo que explicaría la presencia del fenómeno de las manos en negativo asimismo en América), en fechas tan tempranas como el 20000 aP. Estos contactos podrían haber continuado con posterioridad, lo que explicaría el comercio a larga distancia de piedras preciosas como el jade (que los chinos importaban desde Asia Central) o el ámbar (que los cretenses obtenían de las orillas del Báltico).

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